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NARRATIVA

              

                     UN VIAJE FANTÁSTICO

                AL PAÍS DE LAS ESTRELLAS

                      

Mario Lamo Jiménez

I

Isaura y Valeriano miraron asombrados cuando su abuelo, Ismael Lanchas, de la palma de su mano sopló un polvo de estrellas, y diminutas estrellas fugaces empezaron a navegar por la habitación. Una Navidad en agosto destelló por puertas y ventanas, y las estrellas, perseguidas por los niños, se esfumaron después con un estallido de colores en menos de lo que canta un cometa. Pronto Isaura y Valeriano se dirigieron con su abuelo al jardín con las semillas de planeta, cometa y estrella, para plantar un nuevo universo. Lejos estaban los niños de sospechar que los universos son muy difíciles de cuidar, que lloran cuando tienen hambre y que germinan de la noche a la mañana.

—Abuelo —preguntó Isaura—  ¿de dónde sacaste esas semillas?

El abuelo sonrió de oreja a oreja y como un mago, de la nada sacó un sobre del tamaño de una mesa y lo desplegó ante los ojos admirados de los niños. Allí se leía claramente:

Productos Celestes, Inc.

Brilloenelcielo

Tercer Planeta con Tres Estrellas

Número 33

Para Ismael Lanchas

Casa Rosada al Borde la Primavera

Barrio Tondelila

Ciudad de Piensoentí

País de Nomeolvides

 

—¿Las pediste por correo? —preguntó admirado Valeriano.

—Sí, por correo, pero no se trata de un correo cualquiera­ —respondió el abuelo— es el correo de las cosas imposibles, especializado en transportar flores bailarinas, ríos cantarines, nubes soñadoras y universos huérfanos, todos a la puerta de tu casa, entrega garantizada el mismo día y con sellos postales de luna.

—“Brilloenelcielo”, dijo Suspirando Isaura —debe ser un planeta muy bonito, ¿podemos alguna vez ir a visitarlo?

—¿Es como el País de las nubes? —preguntó Valeriano.

El abuelo se acarició su larga barba, dobló el sobre como un abanico y lo guardó en un bolsillo y mirando hacia el firmamento dijo:

No sólo pueden visitarlo, sino que van a criarlo, vamos a sembrar un universo y con el planeta que germine podrán viajar a Brilloenelcielo…pero éste no es un planeta cualquiera…

—¿Es el planeta de las cosas imposibles, como el correo? —preguntaron los niños a coro.

—Parece que ustedes ya están aprendiendo muy bien la lección, es el planeta de las cosas imposibles y risibles, visibles e invisibles, locas y apacibles, es un universo hecho con átomos de versos.

—¿Qué son átomos de versos? —preguntó Isaura.

—Ja, ja, ja, —rió el abuelo— no se los puedo contar, pero se los puedo cantar:

Cuando dos palabras riman

una cabe en la otra

como la cuchara en la boca

o el verso en el universo

como la rama en la trama

como la ciencia en paciencia

o como el alma en la calma

o como la sal en la sala.

Cuando dos palabras riman

forman un cielo fecundo

donde germina un mundo

que a veces llamamos verso

semilla de un universo

que comienza y no termina.

—¡Átomos de versos!, —exclamó Isaura soñadora— como lo átomos que tenemos en el cuerpo. Nunca supe que las palabras también le circularan a uno por las venas.

—Y, ¿por dónde empezamos? —preguntó Valeriano, ansioso de comenzar a sembrar sus semillas de universo.

—Primero tenemos que leer las instrucciones que venían en el sobre —dijo el abuelo.

Y dicho esto, se puso a hurgar en sus bolsillos, buscando las palabras mágicas, pero primero le salieron algunas cosas inesperadas: un ciclón de chocolate y un volcán de mermelada, un payaso haciendo malabares con plumas de ganso y un ganso disfrazado de payaso…hasta que por fin encontró lo que buscaba: un antiguo pergamino del cual las palabras se desprendían y había que atraparlas y pegarlas a una pared para poder leerlas.

El abuelo y los niños sacaron sus redes de atrapar mariposas y una por una lograron atrapar todas las palabras y fijarlas en una pared, y entonces no tuvieron necesidad de leer las instrucciones porque las instrucciones se leyeron a sí mismas. Una voz con tono de papel y color rosa recitó así, con dulce melodía:

Instrucciones para sembrar un universo

(Favor seguirlas al pie de la letra

desde la a hasta la zeta

no se aceptan devoluciones

todos los universos

vienen completos

y giran a 33 revoluciones.)

Primero desempacar las semillas

y contarlas: tres de planeta, dos

de cometa y una de estrella,

después sembrarlas en tierra negra,

verde y amarilla,

regarlas con agua del mediodía

y alimentarlas con canciones

de color esmeralda,

verlas germinar con ojos de ilusión

y contemplarlas con miradas de esperanza

y finalmente, lo más importante:

una vez nacidas, ¡amarlas!

 

II

Los niños y el abuelo siguieron cuidadosamente las instrucciones. Primero contaron de nuevo sus semillas, para asegurar que ninguna se hubiera equivocado de universo. Después mezclaron la tierra negra con la verde y la negriverde con la amarilla y enseguida sembraron con meticuloso cuidado las semillas, aunque esta parte no fue tan sencilla. Las semillas eran saltarinas y rebotaban por todo el jardín, pero finalmente se cansaron y decidieron que era mejor dormir sembradas para poder empezar su camino por la vida.

—Ahora —dijo el abuelo— es hora de bañarlas con agua de mediodía.

—¡Agua de mediodía! —exclamaron los niños— ¿quiere decir eso que debe llover exactamente a las doce en punto?

—Eso no es ningún problema —afirmó el abuelo— acabo de mandar un correo nubetrónico a mi buen amigo, Nubarrón Sombrero, quien ha prometido que la nube 333 estará aquí a las doce en punto y lloverá agua de universo por 33 minutos y 33 segundos.

Y mirando su reloj de viento, exclamó: —¡Saquen sus sombrillas, porque en 33 segundos verán caer aquí el aguacero del siglo!

A las doce menos 12 segundos, de la tierra brotó un árbol, del árbol brotó una rama y de la rama brotó un pájaro cuco, quien cantó doce veces para anunciar el mediodía. Con su último “cuco”, apareció la nube 333, que no era una nube cualquiera, ya que no sólo era una nube de lluvia, sino que era una nube musical, y cada gota de agua que llovía era una nota y las notas formaron una canción que cantaba:

Llueven rosas de papel

y papeletas rosadas

llueve agua, llueve miel,

llueven hormigas moradas.

Y a medida que la canción sonaba, el cielo de Nomeolvides se vio cubierto por nubes de rosas de papel que se convirtieron en papeletas rosadas y empezaron a llover exactamente sobre el jardín de universo, mientras los niños y el abuelo, con sus paraguas al revés, los llenaban de agua y de miel y de hormigas moradas.

Terminada la lluvia, los niños miraron el jardín, y sorprendidos vieron cómo había brotado un girasol que crecía ante su ojos, pero en vez de flor tenía en la punta un verdadero sol en miniatura, en torno al cual giraban tres bebés planeta y dos bebés cometa. Los niños miraron su jardín con ojos de ilusión y miradas de esperanza.

—¡El universo de los versos ha germinado! —exclamó Isaura.

—¡Y los bebés planeta están llorando, deben tener mucha hambre! —dijo Valeriano—

—Es hora de alimentarlos, como decían las instrucciones  —afirmó el abuelo—. Necesitamos desempacar las canciones de color esmeralda.

Y diciendo esto, se metió las manos en sus bolsillos sin fondo, y una verde ave del paraíso salió cantando sus verdes melodías, y a medida que cantaba, sus trinos se convertían en blancas semillas flotantes con textura de algodón que se posaban suavemente alrededor de los planetas. Los planetas las engullían y giraban juguetones, mientras que los cometas rebotaban el uno en el otro y con sus colas dibujaban constelaciones en el firmamento. Pronto, una lluvia de semillas de algodón que más bien parecía una nevada, dejó todo cubierto de blanco, tanto así que ni los niños ni el abuelo podían ver siquiera sus propias narices. Lo único que quedó a la vista fue el sol en miniatura, el cual dio un gran suspiro, agachó su cabeza y lentamente se quedó dormido, mientras su luz se desvanecía suavemente y el jardín quedaba a oscuras.

 

 

III

Tal vez lo que los despertó fue la canción del pájaro diostedé parado en la punta de un árbol, o el sol en miniatura que con un gran bostezo lanzó un gigantesco rayo de luz, pero cuando el jardín se iluminó, allí estaban el abuelo y los dos niños, acostados todavía en sus camas de flores de firmamento, restregándose los ojos y estirando los brazos para anunciarles a sus cuerpos que un nuevo día había comenzado.

Una suave niebla empezó a evaporarse y el sol en miniatura, con toda su hermosura, llenó de rayos de luz el jardín de universo. Sin embargo, por la noche algo extraño había pasado que dejó a los niños muy sorprendidos.

¡Mira, Valeriano! —exclamó Isaura— ¡nuestro jardín de universo se ha transformado!

¡Faltan dos planetas y dos cometas! —dijo Valeriano—, y mira, el tercer planeta se alista a partir, ¡y cuánto ha crecido!

—Apresúrense —dijo el abuelo— los jardines de universo son muy caprichosos y si no se montan ya en ese planeta, en unos instantes se habrá ido.

Entonces los niños, ayudados por el abuelo, se treparon rápidamente en el planeta, el cual empezó a girar vertiginosamente, y ante su asombro, el sol en miniatura sopló un gran rayo de luz que los elevó por el cielo. Ellos miraron hacia abajo, y pronto, Nomeolvides parecía una ciudad en miniatura enclavada entre dos montañas diminutas. ¡Estaban flotando hacia las estrellas!

No se cansaban de admirar la hermosa vista, cuando una voz de marinero de estrellas los sorprendió con un anuncio:

—Damas y caballeros, niños y niñas, les habla el capitán de este planeta, junto con el piloto y el copiloto, les damos la bienvenida bordo.

Los niños miraron por todas partes para ver de dónde salía la voz. Miraron hacia arriba, hacia abajo, por los lados, pero no parecían encontrar a nadie. De repente, ante sus ojos, un hombrecito vestido en traje de piloto emergió de un agujero en la tierra y dijo:

—Soy el capitán Beta Centauro, piloto de este planeta, especialista en cometas, y me encargaré de que tengan un feliz y cómodo viaje, ¿les gusta mi traje?

—Yo no sabía que los planetas tenían pilotos— dijo Isaura.

—Ja, ja, ja, claro que sí —se río el capitán Beta Centauro— o de lo contrario, ¿cómo creen que no se andan estrellando los unos con los otros?

—Perdón, señor capitán con nombre de estrella, ¿no dijo que había un capitán, un piloto y un copiloto?

—Ejem, ejem —carraspeó el capitán— cuando les doy instrucciones, soy el capitán, cuando navego el planeta, soy el piloto, y cuando me quedo dormido, soy mi propio copiloto.

—Tres personas en una y un solo piloto verdadero —exclamó Isaura— ¿y podemos saber adónde nos lleva este planeta?

—Primero les daré una vuelta por el vecindario, y después iremos a visitar el universo de las cosas imposibles.

—¿Quiere usted decir que vamos a pasear por las calles de Tondelila? —preguntó curioso Valeriano.

—Pasearemos por su vecindario planetario —dijo el capitán Centauro— quien ahora estaba sentado al frente de una cabina de mandos con más luces que un árbol de Navidad.

—Para empezar pasaremos por Mercurio. Como pueden ver, es un planeta caliente y enano, muy cercano al sol. No les recomiendo pasar aquí el verano porque hace mucho calor. Ahora, daremos tres vueltas alrededor de Venus. Es un planeta parecido a la tierra, pero con una gran diferencia, aquí no ha habido una sola guerra y además, el aire no es muy amable, ¡es irrespirable!

—Y este planeta azul es la Tierra, si miran por el macromegatelescopio podrán divisar esa hormiga en el techo de su casa en Tondelila rascándose la barriga. Esa bola roja que se ve por la ventanilla de la izquierda de la escotilla es el planeta Marte, donde cosa extraña, todos los días son martes. Ahora estamos pasando por Júpiter, es un gigante gaseoso, donde no vive ni un piojo. Y ya es el turno de Saturno, donde tendrán el viaje de su vida. Montaremos nuestra nave planetaria en sus anillos y daremos unas cuantas vueltas locas hasta que les salgan colmillos a las rocas.

Y diciendo esto, el capitán Beta Centauro maniobró el planeta de forma tal que se instaló perfectamente en los anillos multicolores que rodeaban a Saturno y su planeta navegante empezó a girar a una velocidad tal, que terminó por alcanzarse a sí mismo. Los niños aterrados vieron cuando detrás de ellos aparecía un planeta idéntico a Brilloenelcielo, ¡donde ellos mismos iban sentados! Los dos planetas se volvieron uno solo con una explosión de diminutos anillos de colores que volaron en todas direcciones.

Entonces el capitán Beta Centauro anunció con voz grave la siguiente parte del viaje:

 

—Finalmente, visitaremos Urano y Plutón, y como dice la canción, entonces empezará la verdadera función. Nos iremos directo a Alfa Centauro, una constelación a sólo cuatro años luz de distancia, ¡una insignificancia!

—¡Cuatro años luz! —exclamó Valeriano— eso debe ser más que 24 horas.

—¿Podría decirnos exactamente cuánto son cuatro años luz? —preguntó Isaura— no me quiero perder el cuento que prometió contarnos el abuelo esta noche.

El capitán Beta Centauro los ignoró por un instante, ocupado en hacer que las luces de colores de su consola voladora deletrearan correctamente el destino de la siguiente parada. Una vez que las luces destellaron exactamente “Alfa Centauro” en un ventilador luminoso que giraba a la velocidad del pensamiento, se quitó sus gafas de piloto celeste, miró a los niños fijamente y dijo:

—Cuatro años luz son tan poco tiempo, que estaremos de vuelta incluso antes de haber partido o sea que habremos regresado antes de habernos ido. —Y ajustándose sus gafas espaciales, exclamó:— Alfa Centauro, ¡Aquí vamos!

 

IV

Por un instante, el universo pareció desfilar por el cielo del planeta a una velocidad tal, que la luz y el espacio se doblaron y los niños vieron con cara de incredulidad cómo su propio sol en vez de estar quieto, parecía girar en torno al universo. Pero lo que estaba por venir los sorprendió aún más. En el firmamento de su planeta viajero aparecieron tres soles. Dos de gran tamaño y de luz amarilla-rojiza, parecidos al sol de la tierra, y uno más pequeño, de luz azul y un poco más distante. Entonces el capitán Beta Centauro anunció la llegada:

—Bienvenidos a Alfa Centauro, la estrella que ven a su derecha es Alfa Centauro A y la que ven a su izquierda, es Alfa Centauro B. Aquella más pequeña y distante es Próxima Centauro. —Y después añadió:— Y creerlo o no, ese punto lejano del tamaño de la cabeza de un alfiler que brilla en la distancia es su propio sol.

Isaura y Valeriano enmudecieron del asombro, pues no estaban acostumbrados a ver un cielo con tres soles, y además no entendían cómo podían haber llegado tan rápido a aquellas lejanas estrellas.

—Podría explicarnos, señor piloto sin motores, cómo llegamos aquí tan rápido

—preguntó Isaura.

—Ajá —dijo con una sonrisa tan grande como una luna llena el capitán Centauro— es algo tan difícil de explicar que se los voy a explicar fácilmente.

Entonces de su consola de luces surgió una pantalla que mostraba un mapa celeste que abarcaba desde Alfa Centauro hasta el Sistema Solar. Con un anillo que emitía una luz láser, el capitán Beta centauro fue señalando.

—Aquí, en este extremo, están su sol y el planeta Tierra. En este otro extremo, está Alfa Centauro con sus soles y planetas. Como pueden ver —dijo desplazando la luz en línea recta— si nos tocara viajar de un extremo al otro, el viaje sería interminable. Pero si simplemente doblamos el espacio —y mientras decía eso la ilustración en la pantalla se iba doblando, acercando así los extremos— por una millonésima de billonésima de microsegundo, podemos llegar de un sitio a otro sin siquiera movernos.

Es increíble —dijo Valeriano— ¡la forma más rápida de viajar es estando quietos!

—Sabias palabras —dijo el capitán Beta— si no puedes ir a las estrellas, ¡haz que las estrellas vengan a ti!

—¿Podemos visitar ahora el planeta de las cosas imposibles, como dijo el abuelo?

—preguntó Isaura.

—Para eso estamos aquí —dijo el capitán Centauro proyectando con su consola un rayo de luz que se extendía a un planeta hermoso que apareció en ese momento en el horizonte. Era una réplica exacta del pequeño planeta en el que habían navegado, pero miles de veces más grande.

—Todo lo que tienen que hacer es deslizarse por ese rayo de luz, y Brilloenelcielo les dará la bienvenida.

 

V

Isaura y Valeriano no lo dudaron ni por un segundo, y como equilibristas solares se treparon en el rayo de luz que resbaladizamente los llevó en un instante a aquel magnífico planeta. Cuando llegaron a su superficie, no podían creer lo que veían en el cielo: dos soles iluminaban el planeta con una hermosa luz amarillo-rojiza y un tercer sol le daba un tenue colorido azul, bañando todo el planeta en un color de atardecer con sabor a caramelo.

—¿Y ahora qué hacemos? —le preguntó Isaura a Valeriano.

—No lo sé —dijo el niño mirando el hermoso cielo— tal vez debamos empezar a explorar el planeta.

No se cansaban de admirar la hermosa vista, cuando una voz de marinero de estrellas los sorprendió con un anuncio:

—Damas y caballeros, niños y niñas, les habla el capitán de este planeta, junto con el piloto y el copiloto, les damos la bienvenida bordo.

Los niños miraron por todas partes para ver de dónde salía la voz. Miraron hacia arriba, hacia abajo, por los lados, pero no parecían encontrar a nadie. De repente, ante sus ojos, un hombrecito vestido en traje de piloto emergió de un agujero en la tierra y dijo:

—Soy el capitán Gamma Centauro, piloto de este planeta, especialista en estrellas, y me encargaré de que tengan una estadía cómoda y placentera. ¿Les gusta mi visera?

—Pero, usted es idéntico al capitán Beta Centauro —dijo Valeriano.

—No sólo soy idéntico, soy igualito —contestó el hombrecito— él es mi hermano gemelo número treinta mil cuatrocientos veinticuatro. Pero, bienvenidos a Brilloenelcielo, también conocido como el “Planeta de las Cosas Imposibles”, donde hasta las cosas que no riman, sí riman, como por ejemplo una vitamina y una mariposa.

—Vitamina y mariposa…definitivamente no riman— dijo Isaura.

—Se ve que ustedes no han oído hablar de las vitaposas y las mariminas, las cuales riman perfectamente con las mariposas y las vitaminas.

—Perdón señor piloto de la lengua —interrumpió Valeriano— pero hemos venido de muy lejos para conocer este planeta imposible, ¿sería posible empezar por alguna parte?

—Claro está —dijo el nuevo capitán Centauro— llamaré un taxi celeste para darles un tour y mostrarles algunas de las cosas imposibles que hay en este planeta.

Y diciendo esto levantó una mano como para llamar un taxi y de inmediato los tres aparecieron dentro de un vehículo imposible, con cuerpo de automóvil y patas y cabeza de camello, que para sorpresa de los niños empezó a sobrevolar el planeta…de una manera imposible.

—¡Qué manera de viajar! —exclamó Isaura— nosotros nos quedamos quietos y el planeta se mueve.

—¿Estás segura de que no somos nosotros los que nos estamos moviendo? —preguntó Valeriano.

—La niña con cara de ángel y corazón de chocolate tiene razón —dijo el capitán Centauro— nosotros estamos quietos y el planeta está girando más de prisa para que podamos verlo.

—¡Ballenas voladoras! —dijo sorprendida Isaura.

—¡Elefantes emplumados! —exclamó entusiasmado Valeriano.

—Pero eso no es nada todavía —dijo el capitán Centauro— ahora iremos al castillo de nuestro presidente residente, gran emperador de los versos y labrador de universos, el gran Alfa Centauro.

Y en ese mismo instante apareció ante los ojos de los niños un castillo de mil colores. Pero no era un castillo cualquiera, porque en vez de paredes de madera y piedra, estaba construido con mariposas bailarinas, las ventanas eran gigantescas burbujas que se hacían y se deshacían y la puerta era un espejo líquido por el que se podía entrar sin mojarse un pelo.

Los niños, emocionados, atravesaron la puerta y descubrieron que tenía un delicioso sabor a gelatina. Una vez adentro, vieron cómo las paredes se mecían y el castillo entero bailaba al ritmo de una música literalmente pegajosa, ya que las notas se les prendían en la ropa como si fueran motas de algodón, haciéndoles cosquillas por todo el cuerpo. Sentado en un trono suspendido en el aire, vieron al gran Alfa Centauro, quien estaba muy ocupado leyendo un libro de versos diversos, pero no de cualquier manera, ya que las páginas no sólo pasaban por su cuenta a una velocidad asombrosa, sino que las palabras se iban desprendiendo de las hojas, entonces le entraban por un oído y le salían por el otro y se regresaban al libro, con la peculiaridad de que al regresar formaban un libro completamente diferente al anterior. Terminada la lectura, Alfa Centauro levantó la cabeza y les regaló una gran sonrisa.

—Buenas tardes, noches y mañana, su excelencia —saludó el capitán Gamma— tenemos visitantes extragalácticos que desean saludarlo.

El gran alfa Centauro se dirigió a los niños: —Buenos días, buenas tardes y buenas noches, porque en este reino mío de tres soles cuando un sol se oculta otro sale y el tercero esta en la mitad del cielo, de modo que en vez de tener una mañana, una tarde y una noche, todas suceden a la vez. ¿Quieren que se los explique otra vez?

Los niños no acababan de creer lo que habían visto y mucho menos entendían lo de los tres soles. Sin embargo, Isaura, llena de curiosidad, dijo:

—Es un gusto conocerlo, su excelencia con más palabras que un diccionario, ¿es así como leen ustedes libros en este planeta?

—Así mismo —contestó Alfa Centauro—. Hoy, por ejemplo, he leído treinta y cinco mil cuatrocientos cuarenta y cuatro libros y para no desperdiciar el tiempo he escrito mientras leía el mismo número de libros.

Los ojos de los niños brillaron como dos soles de mediodía del asombro, entonces Isaura acertó a preguntar:

—¿Y podría decirnos señor devorador de libros qué significa para usted la palabra “hoy”?

—Ah, veo que eres una niña inteligente, con mente, mucha mente —dijo el presidente Alfa Centauro mientras su trono se convertía en una mesa y del suelo surgían asientos sin patas que se acomodaron suavemente en los traseros de los niños—. Hoy para mí, en tiempo de ustedes, ha sido el equivalente a 222 años, 22 horas, 22 minutos y 15 segundos.

—¿Quiere usted decir que en verdad el tiempo es relativo como dijo el señor Einstein?

—preguntó Isaura.

—Absolutamente relativo. Por ejemplo, hace segundo y medio que en su planeta ese señor de grandes bigotes y melena de león, acaba de descubrir ese hecho mientras se sentaba muy derecho en un tren.

—Ya veo —dijo Valeriano— un día suyo es una eternidad para nosotros.

—Relativamente cierto —dijo Alfa Centauro— nosotros descubrimos cómo hacer que el tiempo corra más rápido o más lento y si queremos, hasta podemos detenerlo. Pero ahora me gustaría ofrecerles algún fiambre. ¿Tienen hambre?

Los niños sintieron que hacía años no comían y sus estómagos empezaron a crujir como una montaña de hielo a punto de derrumbarse.

—¡Tenemos muchísima hambre! —exclamaron a coro.

Entonces el presidente se dirigió a Gamma Centauro, quien se había camuflado todo el tiempo contra una de las paredes flotantes, hasta parecer invisible.

—¿Podrías decirle a la comida que venga a alimentarnos? —insinuó el presidente.

—Claro está su excelencia —dijo él, sacando de nuevo de la nada su consola de luces de colores, y acto seguido el castillo se llenó de una alegre música bailable, y exquisitos platos de deliciosos aromas empezaron a bailar por toda la estancia.

Los niños trataron de perseguir los platos para tratar de probar los exóticos bocados, pero cada vez que se acercaban a uno de ellos, el plato reaparecía en el otro extremo de la habitación. Desconcertados miraron a los dos Centauros, quienes en vez de comer, también bailaban.

—Perdón —dijo el presidente— se me olvidaba decirles que aquí la comida no se come, se baila. Así que por favor, den unos saltos altos y simplemente sigan el ritmo de los platos.

Entonces los niños comenzaron a bailar con sus anfitriones, hasta que todos los platos desaparecieron y al final del baile se sentían absolutamente llenos…de alegría y claro está,  sin hambre.

—Como pueden ver —dijo el presidente— la felicidad es la mejor comida, ¿habían visto mayor sabiduría?

Y justamente cuando estaba diciendo estas palabras, algo extraño comenzó a suceder, ya que el castillo, como estaba hecho de mariposas, empezó a levantar el vuelo. Los niños contemplaron admirados cómo el castillo se convertía en un castillo volador, y por mirar al cielo ni siquiera notaron que las paredes eran como las cortinas de un teatro que se abrían y que ahora estaban en la mitad de la capital de Brilloenlcielo.

 

VI

Cuando los niños bajaron la vista se dieron cuenta de que estaban en una gran plaza rodeada de edificios multicolores y brillantes. Pero no se trataba de una plaza cualquiera ni de una ciudad cualquiera. Era una ciudad completamente hecha de plumas que flotaban con el viento, las calles era como las alas y las edificaciones eran como la cola de un ave gigantesca que simplemente planeaba con la brisa bajo un cielo color esmeralda.

—¡Qué ciudad tan bonita! —dijo Isaura— está en perpetuo movimiento.

—¡Parece como salida de un cuento! —exclamó Valeriano, y súbitamente notó que él también era liviano como una pluma y que en vez de caminar, podía flotar a su gusto.

—¡Qué increíble —dijo Isaura—podemos volar como las aves.

Entonces del cielo empezaron a llover burbujas. Burbujas grandes, burbujas pequeñas, burbujas arco iris, burbujas rosadas, burbujas con color de estrella, burbujas dentro de burbujas, y a medida que las burbujas tocaban el suelo se disolvían lanzando rayos de luces que pintaban el cielo de colores nunca vistos, y de su interior emergían los habitantes de una ciudad que segundos antes parecía estar completamente vacía.

—Son las burbujas del tiempo con sus habitantes —dijo el capitán Gamma, —pero debemos apresurarnos o estaremos tarde para la ceremonia.

—¿Burbujas de tiempo? —se preguntó Isaura.

—Ceremonia, ¿cuál ceremonia? —preguntó Valeriano.

Contestaré una pregunta a la vez —dijo el capitán Gamma — como puede que sepan o no sepan, en este planeta cada cuál vive en su propia burbuja de tiempo. Algunas personas viven en el pasado, otras en el presente y las demás en el futuro. Contestando a la segunda pregunta, todos los habitantes se reúnen en el presente para la ceremonia de cambio de presidente.

—Es increíble —dijo Isaura— me gustaría vivir en el futuro.

—Y, ¿cada cuánto y cómo eligen su presidente? —preguntó Valeriano.

El capitán Gamma soltó una risita misteriosa y dijo —los presidentes ya no se eligen, aquí todo el mundo es presidente según un estricto desorden alfabético y puede ser presidente por un día.

—¿Incluidos los niños? —preguntó Isaura.

—Ciertamente, algunos de nuestros mejores presidentes han sido menores de diez años —dijo orgullosamente el capitán Gamma.

—¡Eso es lo que yo llamo democracia! —exclamó Valeriano.

—Aquí no se llama democracia —intervino el capitán Gamma — lo llamamos  fiestocracia, porque todos los habitantes de este planeta son completamente felices y la vida es una fiesta.

—¿Quiere decir que aquí no hay gente triste ni guerras ni peleas? —preguntó Isaura.

—Exactamente —respondió el capitán Gamma —en este planeta cada cosa y su contrario pueden ser verdad al mismo tiempo, de modo que no hay razones para discutir, y si no hay razones para discutir, no hay razones para pelear y si no hay razones para pelear, no hay razones para que haya guerras, de modo que todo el mundo es perfectamente feliz. Pero, vamos al escenario para que puedan ver la celebración de cerca.

Mientras se dirigían al escenario, los niños no podían creer lo que veían, algunos de los habitantes de aquella ciudad parecían salidos de sus historias infantiles. Había serpientes emplumadas, dragones de dos cabezas, caballos con alas, basiliscos (para los que no recuerden, son seres con cuerpo de reptil, alas de murciélago y cabeza y patas de gallo) y obviamente no faltaban los centauros, seres que eran mitad hombre y mitad caballo. 

—Pensé que esos seres sólo eran producto de la imaginación —dijo Isaura— refiriéndose a aquellos extraños y fascinantes  habitantes.

—¡Ahora sí me siento como si estuviera viviendo un cuento de verdad! —exclamó Valeriano.

—Aunque no lo crean —explicó el capitán Centauro— muchos de los animales fantásticos de sus cuentos son simplemente habitantes de Brilloenelcielo que han estado de visita en su planeta. Pero, ahora prepárense porque van a escuchar un concierto de música galáctica. Serán tres días en el musicódromo más grande del universo.

—¡Tres días! —exclamó Isaura— ¿es música bailable?

—No solamente es música bailable sino cantable, adorable, comestible y amable…

—Yo tengo una pregunta —interrumpió Valeriano— ¿cómo puede durar el concierto tres días si el presidente sólo es presidente por un día?

—Muy buena pregunta. Se me olvidaba decirles que para esta celebración detenemos el tiempo, de modo que cuando el concierto termine será como si acabara de empezar.

 

VII

Los habitantes de Brilloenelcielo colmaron la plaza que era del tamaño de una montaña. Isaura y Valeriano nunca habían visto algo tan grande en su vida, ni tantos seres tan diversos y de distintos colores y formas, juntos en la misma parte. El escenario estaba situado en el medio. Era un escenario flotante y en vez de luces artificiales, las luces de los tres soles lo iluminaban con sus rayos de colores. Primero tocarían los conjuntos musicales y después se posesionaría el nuevo presidente.

Cuando los músicos subieron al escenario, o mejor dicho, flotaron, Isaura y Valeriano miraron sorprendidos, pues no tenían instrumentos.

—Perdón, señor guía de conciertos —dijo Isaura—, ¿no se supone que los músicos tocan instrumentos?

El capitán Gamma la miró con una cara divertida y le respondió: —Aquí los músicos y los instrumentos son la misma cosa —y viendo la cara de asombro de los niños, continuó —ya verán por qué.

Isaura y Valeriano miraron atentos al escenario y cuando empezó la música, no podían creer lo que veían. Los músicos simplemente llevaban la música puesta en el cuerpo, y con su baile desprendían notas musicales que se elevaban por el cielo y formaban nubes de ritmo y esas nubes de ritmo, a su vez se convertían en una suave lluvia armónica que poco a poco convirtió la plaza en un lago musical, de modo que la gente, en vez de bailar la música, la nadaba.

—¡Es increíble! —exclamó Valeriano, —¡aquí la comida se baila y la música se nada!

—Esto sólo es el principio —replicó el capitán Gamma— cada conjunto trae su propia sorpresa musical.

Y en verdad así fue, pues grupo tras grupo de seres diversos y musicales, interpretó una música que apelaba a un sentido diferente; alguna música era para oler, otra para tocar, otra producía melodías visuales e incluso la que se podía escuchar entraba por el cuerpo y se podía apreciar literalmente con el corazón. Sin embargo, el grupo final les trajo una gran e inesperada sorpresa, ya que su música no solamente era una mezcla de todas las anteriores, sino que tenía algo más…

Cuando iban a comenzar, el capitán Gamma les dijo a los niños que se alistaran para recibir sus platos de luz.

—Platos de luz, —¿qué es eso? —Preguntó Isaura.

Y no acababa de preguntar, cuando en las manos de los niños aparecieron unos platos hechos de hologramas, ¡con comida adentro!

—Simplemente, sostengan sus platos con cuidado, y alístense para la última canción

—dijo el capitán Gamma sin explicar nada más.

Inmediatamente, los niños empezaron a sentir todas las sensaciones de la música previa, pero no estaban preparados para lo que seguía. Una orquesta de “salsa espacial” tocaba un ritmo pegajoso, aromático, líquido y caliente, que de repente empezó a elevar sus notas por el cielo, formó pequeñas melodías en forma de arco iris, y en los platos de los niños empezó a llover una salsa de color a cielo y sabor a estrella que los niños probaron encantados pues nunca habían comido algo tan exquisito ni tan musical.

—¡Está lloviendo sabor! —exclamó Valeriano.

—¡Esto es lo que yo llamo música caliente! —dijo Isaura.

—¡Que viva la fiestocracia! —gritó a todo pulmón el capitán Gamma.

 

VIII

 

Por fin había llegado el gran momento, la posesión del nuevo presidente, y los niños miraron con curiosidad cómo unas letras giratorias dibujaban en el escenario con luces de mil colores la palabras “Zeta Omega”.

—¿Es ese el nombre del nuevo presidente? —le preguntó Isaura al capitán Gamma.

El capitán Gamma consultó en su computadora holográfica y en un segundo le dio al respuesta: — Zeta Omega, presidente del día 887 del año 8007. Edad, 9 años, científica espacial y poeta. Ojos verdes, piel color oliva y cabello marrón con una trenza…

—¡Una niña como nosotros! —exclamó Valeriano—  ¿oiremos su discurso de posesión?

El capitán Gamma soltó una risita misteriosa y dijo: —mejor que eso, ya no tenemos discursos de posesión, ella nos cantará uno de sus poemas acerca de los universos hechos de versos…

—¡De eso nos habló el abuelo! —exclamó Isaura.

Pronto las luces de los tres soles bailaron por todo el escenario, y una niña, tal como la había descrito el capitán Gamma y con un vestido que iba cambiando de color a cada instante, empezó a cantar una dulce melodía con una voz vibrante y emotiva y aunque cantaba en otro idioma, sus palabras eran escuchadas por cada cual en su idioma nativo, y esto fue lo que escucharon Isaura y Valeriano:

 

Siente en tu corazón

cómo palpita el mundo

cada hora es un segundo

si escuchas con atención

Todos estamos unidos

en la red del universo

somos anverso y reverso

de un mismo medallón.

 

En una gota hay un río

en un átomo un universo

en la llegada hay partida

en un verso hay un poema

y en un poema una vida.

Cada cosa y su contrario

a la vez pueden ser ciertas

si mantienes bien abiertas

las puertas del entendimiento

verás que la noche es día

si te mantienes despierto

y que lo lejano está cerca

y lo cercano está lejos

y que un día es como un siglo

y un siglo como un momento.

Escucha bien el silencio

y bebe gota a gota

ríos de sabiduría

no importa cuál sea tu edad

no dejes la mente ociosa

que un verso es un universo

tejido en letras hermosas…

Siembra con la imaginación

bosques de fantasía

cosecharás en la vida

frutos de todo color

y recuerda que el amor

es la mejor melodía.

 

 

Y cuando terminó la canción, los niños se alistaron a aplaudir. Apenas estaban  abriendo las manos cuando notaron que estaban exactamente en el mismo instante en que habían llegado a la gran ciudad de plumas. Sus ojos se abrieron como mil estrellas y con caras interrogantes miraron al capitán Gamma. Éste les dijo:

—Tal como decía la canción, “en la llegada hay partida”, el tiempo detenido ha seguido corriendo y ahora partiremos a la última parte de este viaje: El gran agujero negro de Brilloenelcielo.

—¿Agujero Negro? —preguntó Valeriano  —¿será algo así como una cueva?

—Yo he oído hablar de los agujeros negros, —dijo Isaura— es un lugar donde lo que entra nunca sale…no sé si quiero ir allí, el abuelo nos espera con un cuento…

No tengan miedo —dijo el capitán Gamma— éste es un  agujero muy interesante y simplemente nos devolveremos en el tiempo para engañarlo. ¿Listos?

—¡Listos! —dijeron a coro los niños.

Entonces el capitán Gamma hizo una seña y llamó al extraño taxi, se montaron en él y las estrellas empezaron a desfilar como si fueran luciérnagas en la noche ante sus admirados ojos.

De pronto, todo quedó completamente a oscuras, tanto así que no se veía ni para conversar. Isaura y Valeriano trataron de hablar, pero las palabras salían de sus bocas y se devolvían. ¡El agujero negro las estaba atrapando!

—¡Tenemos miedo, capitán Gamma! —gritaron con toda la fuerza de sus pulmones, pero sus palabras apenas eran audibles. Poco a poco el lugar donde estaban empezó a iluminarse y vieron que extrañas figuras flotaban a su alrededor. Una luz intensa de repente lo iluminó todo: el agujero negro estaba lleno de luz, pero su horizonte era completamente oscuro. Entonces escucharon una voz que decía:

—Damas y caballeros, niños y niñas, les habla el capitán de este agujero negro, junto con el piloto y el copiloto, les damos la bienvenida bordo.

Los niños miraron por todas partes para ver de dónde salía la voz. Miraron hacia arriba, hacia abajo, por los lados, pero no parecían encontrar a nadie. De repente, ante sus ojos, un hombrecito vestido en traje de piloto emergió de un agujero en la tierra y dijo:

—Soy el capitán Lambda Centauro, piloto de este agujero, especialista en oscuridades luminosas, y me encargaré de que tengan una feliz y cómoda estadía, ¿les gusta su guía?

 

Los niños vieron una versión rosada del capitán Gamma, vestido en un traje arco iris.

—Gracias, señor capitán de muchos colores, pero, ¿podría explicarnos qué son todas esas cosas que flotan por todas partes? —preguntó Isaura.

—Como puede que sepan o no sepan, en los agujeros negros se coleccionan las cosas que se pierden en el universo y esas cosas flotantes son cosas perdidas, buscando dónde encontrarse.

—Aunque no entiendo nada me parece una gran explicación —dijo Valeriano— ¿quiere usted decir que si a mí se me pierde algo en Piensoentí viene a parar a este agujero?

—¡Exactamente! Aquí no solamente vienen a parar las cosas perdidas de Piensoentí, sino también las de Nomecallo, Bailemosjuntos y Sueñoscelestes, además como de otros tres millones cuatrocientos mil estrellas y constelaciones. Pero, empecemos con la visita. Ahora iremos al Valle de los Perdidos.

Y diciendo esto, el capitán Lambda agitó un rayo de luz, y ante los ojos de los niños apareció un carruaje luminoso en forma de plato, donde los asientos eran grandes tazas y los respaldares eran cucharas.

—Perdonen el transporte, pero en los agujeros negros los taxis vienen en formas caprichosas —dijo el capitán Lambda mientras todos se subían en el extraño vehículo.

Una vez en el aire vieron una montaña de miles de millones de colores.

—Nunca he visto una montaña tan rara, dijo Isaura.

—Y además parece como si estuviera hecha de tela —apuntó Valeriano.

—Vamos a verla de cerca —dijo el capitán Lambda, y el vehículo de acercó a la montaña.

¡Está hecha de calcetines! —exclamó Isaura.

¡Todos de diferentes colores y patrones!  —dijo Valeriano.

—¿Alguna vez se han preguntado a dónde van a parar todos los calcetines que han perdido su pareja? ¡A este agujero negro! Como pueden ver no hay un solo calcetín que tenga compañero. ¡Y hay montañas enteras!

Y estaban recorriendo esas cordilleras de tela con picos nevados de calcetines blancos, ríos de calcetines azules y bosques de calcetines verdes, cuando de repente entraron en un túnel y todo empezó a dar vueltas y a oscurecerse.

¿Es ésta una Montaña Rusa de calcetines? —preguntó Isaura.

¡Veo unas luces a los lejos! —gritó Valeriano.

Ahora estamos yendo a la Ciudad de las Luces Perdidas, es un espectáculo inolvidable, —anunció el capitán Lambda.

Y en menos tiempo en el que vuela la imaginación, llegaron a una ciudad que nadie hubiera creído. Árboles, casas, calles y hasta animales y personas, estaban hechas de focos de colores; bombillos verdes, rojos, azules, amarillos y todos los colores imaginables formaban una ciudad que sólo existía en la luz.

—Todas las luces perdidas tres grados a la izquierda de este universo vienen a parar aquí para formar esta ciudad de colores. Vamos a dar un paseo por sus calles.

Los tres se bajaron de su vehículo y un viento frío empezó a soplar.

—Pónganse estos abrigos de calor —dijo el capitán Lambda entregando a los niños unos ponchos luminosos de un rojo intenso— se me olvidaba decirles que aquí siempre es una noche detenida en un día de invierno.

Los niños montaron en trineos de luces resbalosas, treparon árboles tropicales de grandes hojas luminosas y caminaron por playas que los bañaban con olas de luces azules.

Entonces el capitán Lambda miró su reloj sin manecillas y dijo:

—¡Ya es hora de la gran celebración!

Y en un abrir y cerrar de ojos apareció ante su vista un pueblo del antiguo Oeste, perdido hacía siglos en los mapas, donde los esperaba un inesperado desfile.

—¡Van a ver algo verdaderamente novedoso! —dijo entusiasmado el capitán Lambda, y así fue.

Por la calle principal, que también era la única calle, aparecieron flotando todo tipo de instrumentos, entonando una alegre música de carnaval. Trompetas, saxofones, tambores, violines, guitarras, maracas, tumbadoras, quenas, gaitas, ukeleles, marimbas y cuanto instrumento más existía en el universo, desfiló flotando y tocándose por su cuenta. Los instrumentos no sólo tocaban sino que seguían el ritmo de la música, de manera tal que parecían personas hechas instrumentos o instrumentos hechos personas. Después de la banda venían bailando sombreros sin cabeza, bufandas sin cuello, guantes sin manos, zapatos sin pies, pantalones sin dueño, camisas sin torso, aretes sin orejas y millares de objetos más que se entremezclaban en el desfile de carnaval más fabuloso que los niños hubieran visto.

No acababan de salir de su admiración, cuando el capitán Lambda dijo:

—¡Tenemos que salir ya del agujero negro porque el túnel de tiempo está a punto de cerrarse! —y no acababa de pronunciar esas palabras cuando una luz intensa los envolvió y los niños dieron vueltas en un remolino por el que desfilaron todos los objetos perdidos del universo y vieron cómo la luz se doblaba tratando de escaparse pero era atraída de vuelta al agujero con tal velocidad que el cielo parecía un espejo inmenso donde todo se reflejaba. Después vino la oscuridad y hubo un silencio total,

 

 

IX

La luz fue aumentando poco a poco y los niños llamaron a voces al capitán Lambda sin obtener respuesta. Cuando todo estuvo iluminado, ¡vieron que estaban de vuelta en Piensoentí! Lo primero que vieron fue al abuelo, quien parecía muy ocupado. Esta vez no estaba contando pececitos de colores ni sembrando semillas de universo, sino que estaba hablando muy animadamente…con una persona que no existía.

—¿Por qué hablas solo, abuelo? —preguntó Isaura.

—Tal vez el abuelo se ha enloquecido —dijo en voz baja Valeriano.

—Ni hablo solo ni me he enloquecido —respondió el abuelo—. Estaba hablando con mi tatarabuela materna, Alegría Milagros Domínguez, fallecida el 24 de diciembre de 1754…quien vino a visitarme de El país de los Espíritus.

—¡El País de los Espíritus! —exclamaron los niños a coro—.

—¿Nos contarías de ese país fantasma, abuelo? —preguntó Isaura.

—Claro está —respondió el abuelo— había una vez un país donde todos los espíritus de los muertos se reunían una vez que salían de esta tierra, y resulta que…

Los niños miraron con atención al abuelo, completamente absortos en sus palabras, pues sabían que éste sería uno de sus viajes más fabulosos al reino de la imaginación.

 

FIN