mario lamo jiménez
 
 
   

 

una historia de película

o la película de una historia

Capítulo I

El avión empezó a carretear a saltos por la pista y cuando llegaba al final de la misma, en vez de alzar el vuelo, uno de sus motores se apagó. “Este viaje no duró mucho”, pensé, mientras que el viejo bimotor de hélice, un Douglas DC-3, como si fuera una mula cansada, se devolvía traqueteando por su único motor pista arriba. Llegó a la cabecera, apagaron el motor que funcionaba, y el piloto anunció como si fuera lo más natural del mundo: “Este avión hay que carretearlo sin carga para que prenda bien el otro motor, hagan el favor de bajar los pasajeros”. Yo miré a Consuelo con cara de incredulidad, no sólo viajábamos en un avión que era un peligro, sino que ahora éramos “carga”.

“Hasta aquí llegó este pingo viaje”, le dije mientras nos bajábamos del avión. El calor ya era desesperante y una horda de mosquitos nos saboreaba por todas partes. Aquí estábamos, un par de antropólogos novatos camino a la selva, varados sin siquiera comenzar el viaje, en un pueblo caliente del Llano. El Instituto de Antropología nos había contratado para estudiar una tribu del Guainía. Nunca nos dijeron exactamente qué era lo que querían que estudiáramos. El barbudo director del Instituto simplemente nos había dado los pasajes, una carta de presentación, un par de hamacas y dos mosquiteros  y nos había dicho: “Vuelvan dentro de seis meses”.

Lo único que sabíamos era que el hombre quería mandar una pareja para hacer la investigación, porque de esa manera cada cual podría relacionarse con los miembros de su propio sexo. Y éramos la pareja perfecta para ello por una simple razón: no éramos una pareja. Consuelo pensaba en contraer matrimonio a la vuelta de nuestro viaje, y yo me había divorciado y andaba desempleado hacía como seis meses, de modo que si me hubieran contratado para estudiar la vida sexual de los yaks en el Tibet o la migración de las golondrinas cada 19 de marzo a San Juan Capistrano,  gustosamente habría aceptado.

Nos paramos en la pista y recogimos nuestros morrales cargados de vituallas, hamacas y demás elementos de supervivencia que íbamos a necesitar en la selva, mientras la otra media docena de pasajeros se acomodaba bajo una palma para eludir el sol. El avión levantó una polvareda y el motor muerto comenzó a rugir de nuevo, atravesó media pista y se devolvió a recogernos. El piloto manoteaba para que nos volviéramos a trepar en su dinosaurio con alas y por unos instantes pensé en quedarme y esperar el próximo vuelo.

“Creo que sólo un loco se montaría en esa cosa…¿qué tal si nos quedamos sin un motor en pleno vuelo?”, le dije a Consuelo en son de chiste, mientras los demás pasajeros empezaban a subir sin siquiera pensarlo dos veces.

“Sólo hay una manera de saberlo”, dijo empacando su morral de nuevo en aquella pieza de museo, que de seguro había empezado a volar antes de que yo naciera.

No había alternativa. Me encomendé a las once mil vírgenes y le prometí una misa cantada a San Benito si llegábamos sanos y salvos a nuestro destino. Una vez más, el avión tomó impulso y llegó al final de la pista, los motores lanzaron sus bufidos de animal cansado y se remontó por encima de los árboles. Pronto una maraña verde se abrió ante nuestros ojos. Era una experiencia nueva para mí, y al principio no podía creer lo que veía: árboles hasta el infinito y ríos que iban y se devolvían como si se les hubiera perdido el curso en la selva. “Parecen planeados por un alcalde bogotano”, pensé, “un trancón de agua en la mitad de la selva”.

Consuelo, por su lado, leía un libro de Margaret Mead, como buena ratona de biblioteca que era, mientras yo empezaba a tomar notas para mi diario de campo. Ella no era muy habladora y ni siquiera cuando estudiábamos juntos en la universidad habíamos tenido una conversación profunda. Parecía demasiado seria para mi gusto, además de que seguramente yo no era su tipo. Era menuda, de pelo negro y corto, cara agradable y con cuerpo de niña, más que de mujer hecha y derecha. Nada parecía perturbarla y seguramente sabía más de antropología que lo que yo sabía, pues en vez de leer los aburridores libros de texto antropológicos cuando estudiaba, me había dedicado a hacer teatro, y gracias a mi imaginación y a las buenas amigas que me prestaban sus notas a última hora, había pasado los exámenes para graduarme.

Miré una vez más por la ventanilla, y el mar verde, con las copas de los árboles como olas, parecía a la vez diminuto e inmenso. Los demás pasajeros parecían tan acostumbrados a esta rutina, que ni se molestaban en mirar por las ventanillas. Después de cuarenta minutos de vuelo, el avión empezó a descender. Yo miré a Consuelo con cara de interrogación, pues pensaba que el viaje se demoraría hora y media. Ella miró su reloj de pulsera y me dijo:

“Nos tocó un lechero. Primero para en San José de Los Vientos a dejar carga y pasajeros y después sigue a Puerto Milagros”.

“¿Y a ti quién te contó ese pequeño detalle?”, le pregunté inquisitivamente.

Ella se río y me mostró el pasaje: “Aquí dice, con una escala, no es vuelo directo”.

“Carajo”, pensé, “esto me pasa por no leer ni siquiera el pasaje”.

Y de entre el verde infinito apareció a lo lejos un claro en la selva. El avión empezó a seguir el curso de un río y se preparó para el descenso. La pista resultó ser un potrero más apto para vacas que para aviones. Se me revolvieron las tripas pensando qué hubiera pasado si el piloto se hubiera equivocado de río. Descendimos y los seis pasajeros fueron recibidos con gran algarabía en la pista misma por docenas de personas que los estaban esperando. Colonos, comerciantes y contrabandistas, bajaron sus maletas y sus cajas y desparecieron en un dos por tres del potrero-aeropuerto. Sólo quedamos Consuelo y yo…y claro está el piloto.

“¿Y esta vaina es que no carga copiloto?”, le pregunté al piloto, un hombre calvo, como de unos 45 años, blanco y de mediana estatura.

“¿Alguna vez ha visto una flota con copiloto?”, me contestó riéndose como si la cosa le valiera verga.

“Sólo por curiosidad, ¿cómo hizo para encontrar esta pista en medio de tanta selva?”, le pregunté intrigado.

“Gracias a los instrumentos: el altímetro, el indicador de curso magnético y claro está, el más importante de todos, el ojímetro”.

No le quise preguntar más, a sabiendas de que entre más supiera cómo volaba ese pajarraco, más me preocuparía. Por suerte mi mamá había prendido una docena de velas para encomendarme a todos los santos y sabía a ciencia cierta que todavía estarían alumbrando. Con el avión medio desocupado, esta vez no hubo necesidad de bajarse para que pudiera tomar impulso sin su “carga” y unos minutos más tarde partíamos hacia nuestro destino final, Puerto Milagros, donde nos aguardaba un guía que nos adentraría en la selva y navegando río arriba por cinco días llegaríamos a nuestro destino final: Matacurí, una aldea de cien habitantes, donde sus moradores nos darían albergue para que nosotros conviviéramos con ellos, aprendiéramos de su modo de vida y finalmente escribiéramos un erudito informe que moriría sepultado por el polvo en uno de los anaqueles de archivos del Instituto.

Pasaron los minutos y el vuelo transcurrió en forma normal; ya hasta el verde de la selva dejaba de admirarme de tanto verlo. Lo único que en verdad me sorprendía eran los ríos que desafiaban toda lógica, ya que siempre iban y se devolvían formando interminables curvas, como si no tuvieran afán de llegar a ninguna parte. Y en ésas estaba, ya medio dormitando cuando contemplé con horror por la ventanilla que el motor de nuestro lado lanzaba cuatro chispas, exhalaba su último suspiro y dejaba por completo de girar.

Miré a Consuelo con espanto y le dije: “Se apagó el motor de este lado, hay que avisarle al piloto”.

Corrí a la cabina y vi al piloto maniobrando los controles. “Se apagó el motor dañado”, le dije ingenuamente, como si él no hubiera notado.

Sin siquiera voltear la cabeza, me contestó: “Ojalá hubiera sido el dañado, el que se apagó fue el bueno. Vuelva a su silla y amárrense los cinturones. Pero no se preocupen, estamos a cinco minutos de otra pista”. 

“Mierda”, pensé, “suero antiofídico, salvavidas, repelente de insectos, lo que en verdad habríamos necesitado era un paracaídas”. Volví al asiento a darle las malas noticias a Consuelo.

“Se dañó el motor bueno”, le dije, “el piloto está buscando otra pista”.

Por primera vez su cara de muñeca de cera pareció expresar pánico. Se agarró la cabeza con ambas manos y comenzó a hablarle a su futuro esposo, no sé si para despedirse por telepatía o para calmar los nervios, pero el caso es que pensé que me había contagiado la angustia pues sentí que la cabeza me daba vueltas. Miré por la otra ventana y me di cuenta de que no era mi cabeza, sino el avión que parecía perder velocidad y se balanceaba de lado a lado como un sube y baja, pero a un rimo endemoniado. El motor dañado estaba en las últimas, y ahora también chispeaba. En lo que alcanzaba a divisar por la ventanilla, sólo se veía selva por todas partes. O el piloto arborizaba o acuatizaba, pero no veía cómo encontraría la bendita pista. Metí la cabeza entre mi saco de dormir y me alisté para el momento final. El avión descendía de prisa, y el motor que aún funcionaba hacía un ruido ensordecedor, como si se fuera a reventar en mil pedazos. Cerré los ojos y por mi cabeza pasaron en un instante los últimos veinte años de mi vida. Olí las rosas del jardín de atrás de mi casa. Del árbol de brevo, bajé una breva dulce y madura y sentí sus jugos correr por mi boca. Vi a mi mamá, sentada rezando el rosario en la sala de la casa y mirando llena de fé un óleo antiguo de la Virgen y el Niño. Recorrí las habitaciones y vi a mis hermanas tejiendo, leyendo y comentando plácidamente los acontecimientos de la tarde…de repente, el avión dejó de bambolearse y se estabilizó. Tal vez se hubiera producido el milagro y el motor muerto hubiera vuelto a la vida. Saqué la cabeza de su refugio y miré por las ventanillas.

Ahora ambos motores estaban muertos.


Capítulo II

Me acomodé en mi asiento y me preparé para lo peor. Consuelo estaba completamente lívida, a grado tal que me pregunté si el susto ya le habría producido un paro cardiaco. El piloto lograba increíblemente que el avión planeara en su descenso a la selva. Era cuestión de minutos, o tal vez de segundos para que la manigua se devorara un pájaro de metal más, con nosotros adentro. Miré una última vez por la ventanilla y noté que el piloto volaba sobre un río para evitar los árboles, pero pista no se veía por ninguna parte. Una bandada de loros levantó el vuelo de un árbol, asustados por el animal gigantesco que se les venía encima. Miré mi reloj, eran exactamente las tres y cuarenta y cinco de la tarde. Las alas del avión empezaron a quebrar las ramas de los árboles. Ya no había nada qué esperar, enrollé mi saco de dormir para amortiguar el golpe y me lo puse contra la cabeza. Siempre me había imaginado la angustia que sentiría un ser humano en un avión al saber que su vida iba a terminar en unos cuantos momentos. Extrañamente lo que sentí fue una gran paz. Tal vez ya estaba muerto y no me había dado cuenta. Entonces sucedió el milagro. Entre toda esa selva gigantesca, apareció un terreno despejado. Parecía que el ojímetro del piloto nos estaba salvando la vida, aunque el avión descendía demasiado rápido. Cerré los ojos y me preparé para recibir el totazo. El avión tocó tierra y dio dos grandes saltos. Miré por la ventanilla y por la velocidad a la que pasaban los árboles, calculé que íbamos como a cien kilómetros por hora. Nos íbamos a estrellar contra la selva. Sería irónico morir cuando estábamos a sólo unos metros de salir con vida de esa aventura. El piloto maniobraba el aparato para disminuir la velocidad y vi que lo dirigía a un agujero entre los árboles para ganar espacio. La vibración era tal, que pensé que el viejo Douglas se iba a partir en dos, lanzándonos a Consuelo y a mí contra la arboleda. Fueron unos segundos eternos y finalmente, cuando pensé que nos íbamos a matar del golpe, lo que sentimos fue un frenazo y el avión quedó en completo reposo. Miré a Consuelo para asegurarme de que estuviera bien. Todavía parecía lívida, pero abrió los ojos llorando.

“¿Estás bien?”, le pregunté.

Ella soltó un chillido y me abrazó.

“Salgamos de aquí no sea que ahora a esta vaina le dé por incendiarse y no quedemos ni para contar el cuento”, le dije. Nos levantamos y fuimos a ver al piloto.

“Ese hombre es un verraco, hay que felicitarlo, porque lo que ha hecho no lo hace ningún ser humano”, dije dirigiéndome a la cabina. Abrí la portezuela y lo que vi me dejó petrificado. El piloto estaba muerto. La rama de un árbol había entrado por el vidrio del frente y le había partido la cabeza. Nos bajamos del avión, cargando nuestros morrales y en ese momento sentí un gran olor a gasolina.

“Sólo falta que este avión estalle, alejémonos pronto”, le dije a Consuelo, cogiéndola de la mano. Y no nos acabábamos de apartar ni treinta metros cuando, dicho y hecho, el venerable Douglas se incineró, calcinado por su propio combustible. Una llamarada subió al cielo y un humo negro y denso empezó a flotar por encima de los árboles, haciendo el aire irrespirable. Nos alejamos en dirección contraria al viento para no morir asfixiados. En medio de la quema empezó a llover. Entonces vimos que aquella pista olvidada en medio de la selva tenía en un extremo un extraño cobertizo, y allí nos dirigimos a buscar refugio contra el aguacero. Mi morral parecía pesar una tonelada y no acababa de dar ni veinte pasos, cuando las suelas de mis botas fueron succionadas por el suelo de la selva.

“Cabrón el vendedor que me dijo que esto era lo que usaban los soldados gringos en Vietnam para que se las comprara”, pensé,  “con razón perdieron la guerra”.

Llegamos al cobertizo y desde allí vimos cómo el agua apagaba poco a poco el incendio. Del Douglas sólo quedaba ahora el humeante esqueleto.

Habían pasado tres horas desde nuestra estrepitosa llegada a la selva. No sabíamos dónde estábamos ni qué íbamos a hacer. Las primeras horas las habíamos pasado en estado de shock, viendo llover y contemplando el Douglas que se debatía entre la lluvia y las llamas. Hacía un calor infernal y los mosquitos ya habían llegado a convivir con nosotros. Inspeccionamos nuestra nueva vivienda. Parecía sacada de una pintura surrealista de André Bretón. Era una estructura de madera con techo de zinc, no tenía paredes, pero en la parte del frente tenía una ventana, hasta con vidrios, y a un lado de la ventana, una caneca de metal con una parrilla, donde seguramente alguien, hacía mucho tiempo, había improvisado una cocina. Tenía un piso de madera elevado como unos cincuenta centímetros del suelo, lo cual por lo menos nos libraba de cualquier alimaña que anduviera por la tierra. Aunque no tenía paredes, por lo menos había cuatro postes para colocar nuestras hamacas y decidimos colgarlas antes de que oscureciera. Después abrimos los morrales e hicimos un inventario de nuestros elementos de subsistencia. Teníamos comida enlatada y granos para quince días, café para diez días y suficientes pastillas para purificar el agua por los próximos seis meses. Consuelo había traído una colección de anzuelos de todos los tamaños que había pensado usar como objetos de trueque con la comunidad en Curumaní, y yo traía un cuchillo de caza, con cacha de hueso que había heredado de mi padre y que había permanecido guardado en un cajón por más de treinta años.

Una vez en mi hamaca, me quité las botas y saqué unos tenis que había traía de repuesto. Miré a Consuelo, que ya estaba colgando su mosquitero. Entonces caí en cuenta de que habíamos hecho todo esto mecánicamente, sin decir casi ninguna palabra. El ruido ensordecedor de los insectos empezaba a permear la selva, la lluvia había parado y el cielo se tornaba como un incendio de colores que nunca había imaginado que existieran. No muy lejos se alcanzaba a ver el río por el que el piloto se había guiado para llegar a la pista y el sol aprovechaba para desplegar sus juegos pirotécnicos contra el agua.

“Si no fuera porque estamos perdidos en la mitad de ninguna parte, este sitio sería un paraíso”, le comenté a Consuelo, tan sólo por tratar de decir algo.

“No quiero ser pesimista”, me contestó, “pero no veo cómo saldremos vivos de este paraíso”.

“Una buena manera de empezar sería comiendo algo”, le dije, calzándome mis tenis e inspeccionando la colección de latas que ahora reposaba junto al fogón apagado.

Tendríamos que prender un fuego para calentar la comida. Hice una pausa y me quedé pensando, “fuego”. Debería ser muy fácil prender un fuego estando en una selva rodeados de árboles…salvo un pequeño detalle…estábamos rodeados de madera mojada.

La única madera seca era precisamente la que formaba aquel cobertizo. Como si fuera una termita empecé a inspeccionar tablas sueltas y sin pensarlo arranqué una del lado de la ventana.

“¿Qué haces?”, me preguntó Consuelo extrañada.

“Voy a calentar una sopa”.

“¿Desbaratando la casa?”

“A menos que tú sepas cómo quemar madera mojada…”

Comimos y nos alistamos a dormir. Cada cual se metió en su hamaca, y yo le pregunté a Consuelo:

“¿Prefieres dormir con la ventana abierta o cerrada?”

Ella me miró y no entendió si le estaba haciendo una broma o si me estaba enloqueciendo, porque de todos modos no hacía ninguna diferencia.

Para confundirla aún más, me levanté y cerré la ventana.

“Ya podremos dormir en paz”, le dije y me metí en la hamaca.


Capítulo III

Me quedo profundamente dormido y de repente siento que una mirada se me clava en la nuca. Una sensación de pánico me invade. Abro los ojos y veo una fiera, con sus ojos brillantes a la luz de la luna, lista a atacarme. Tiene sangre en los colmillos y detrás de ella veo el cuerpo destrozado de Consuelo. Contengo la respiración. El animal avanza en posición de ataque, como caminan los gatos cuando van a dar el salto mortal sobre su víctima. Busco mi cuchillo a tientas para defenderme, sin apartar la vista del animal que cada vez está más cerca, y no lo encuentro. Estaba seguro de que lo había dejado en el piso, pero sólo toco mis tenis y un plato desocupado. Sigo tanteando, y milagrosamente lo encuentro a los pies de la hamaca. La fiera me va a saltar encima, pero yo ya la espero con el cuchillo en alto. Me ataca. Siento su vaho contra mi cara y me salpica con la sangre que se escurre de sus fauces. Trato de degollarla, pero en vez de cuchillo, lo que tengo en la mano es un plumero. Entonces lanzo un grito mudo y me despierto sobresaltado.

Consuelo dormía plácidamente en su hamaca, ninguna fiera la había devorado, aunque mi corazón todavía palpitaba acelerado. Había estado soñando intensamente toda la noche. Parecía como si los espíritus de la selva se hubieran juntado todos en mí y hubieran desfilado uno a uno por mis sueños. Era la sensación más extraña que había sentido en mi vida, como si la selva me obligara a soñar sin parar. No sé si eran los olores profundos y perfumados de las plantas que se me metían por los pulmones y me caminaban por el cuerpo y que más bien parecía que fueran ellos los que me respiraran a mí, o tal vez fuera aquel mar de insectos que me hacía navegar en la cresta de la ola de sus cantos, o podría tal vez ser la Vía Láctea apuntándome con su chorro de luz, alumbrando cada poro de mi piel…no lo sé, pero una sola cosa sí era cierta: la selva se había apoderado de mis sueños y ahora yo soñaba por ella.

Cuando Consuelo se despierta, le cuento con pelos y detalles mi sueño aterrador, pero para no asustarla más no le menciono que el espíritu de la selva se ha apoderado de mis sueños.

Ella me mira escéptica y comenta: “Tendremos suerte si nos encontramos aunque sea un tigrillo. Creerlo o no los cazadores ilegales están exterminando los gatos salvajes por sus pieles”.

Nos sentamos a evaluar nuestra situación y a planear cómo vamos a sobrevivir. Le digo que si nos metemos en la selva, estaremos literalmente perdidos. Sólo sabemos que estamos en algún lugar cerca de la frontera con Venezuela y Brasil, donde los pueblos ni siquiera figuran en los mapas. No podemos seguir el río para tratar de llegar a ninguna parte, pues da tantas curvas que podríamos caminar por días sin avanzar ni un kilómetro. Nuestra única opción es que alguien piense en aquella pista perdida y manden una comisión de rescate por sus alrededores, lo cual puede que nunca suceda.

“¿Qué tal si escuchamos las noticias?”, le pregunto. “Tal vez estén reportando nuestro accidente y diciendo cuáles son los planes de rescate”.

A Consuelo le suena mi sugerencia, así que desempaco mi radio y trato de sintonizar alguna emisora. Por más vueltas que doy a los controles, lo único que se escucha es estática. Hasta ahí había llegado mi brillante idea. De pronto nuestras miradas se posan a la vez en el avión quemado, cuyo esqueleto ahora reposa debajo de un árbol. Nadie lo verá desde el cielo. Seguramente de su radio tampoco quedó nada. Decidimos inspeccionarlo y tratar de sepultar al piloto, antes de que los animales devoren sus restos. Ya hace un calor sofocante y Consuelo se aplica repelente contra insectos por manos y cara. Me ofrece su botella. Me miro las manos y ya debo tener un centenar de picadas.

“Yo también traje algo, gracias”. Esculco en mi morral y encuentro una lata roja de ungüento chino. Una buena amiga me lo había regalado.

“Ricardo Reyes”, me había dicho Nora al dármelo, “úntate esta cosa cuando estés por allá, porque en esa selva hay mucha malaria y mosquitos”.

Me embadurno las manos y la cara. No me va a durar mucho.

“¿Listos?”, me pregunta Consuelo.

“¡Listos!”, y nos dirigimos al avión. La pista debe tener como una cuadra de largo y podemos ver las huellas que dejó el avión en su descenso. Está cubierta de pasto y pronto la selva la devorará también. El olor a gasolina y a aceite quemados se hace más fuerte a medida que nos aproximamos. Damos un vistazo y vemos que del avión no hay nada que pueda salvarse, a excepción de una caja de madera que quedó intacta y cuyo contenido ignoramos. Improvisamos un pedazo de chatarra como pala y logramos abrir un hueco no muy hondo para depositar los restos del piloto incinerado. El olor ya nos está causando mareo y Consuelo sugiere que revisemos más tarde el contenido de la caja. Yo le digo que es mejor salir de una vez de duda, no sea que contenga algo que nos pueda ser útil en nuestra situación precaria. Saco mi cuchillo de cacha de hueso y me alegro de que no se haya convertido en un plumero. La caja está bien empacada y le aflojo una a una las puntillas que la cierran. Finalmente logro quitarle tapa. Consuelo se ha alejado y se cubre la nariz con un pañuelo. Me mira con ojos interrogantes.

¿Será que adentro de esa caja está lo que nos va a sacar de este atolladero? Un cartón grueso envuelve su contenido. Como si fuera un regalo de Navidad, la desempaco, esperando encontrar adentro latas de comida, o un buen equipo de radio.

“¿Qué pasa?”, grita consuelo al ver mi cara pensativa.

La caja está llena de libros, levanto uno y leo en voz alta la portada: “La Sagrada Biblia, traducida al curripaco por Lori Muller”. 

Consuelo me mira con ojos incrédulos. Todavía no entiende cómo se salvó aquella caja del voraz fuego.

“¿Será que los milagros si existen?”, me pregunta mientras yo arrastro la caja hacia nuestro albergue.

“Claro que sí”, le contesto. “Un milagro llamado lluvia salvó la caja por estar en la cola del avión. Y ahora la religión nos hará un milagro verdadero”, le digo con sonrisa burlona.

La caja está mojada por fuera, pero las biblias están secas. Nos servirán para prenderles fuego en la estufa y calentar la comida.

Es nuestro segundo día de selva y a las tres en punto, como si alguien abriera la llave de agua del cielo, empieza a llover, o mejor a diluviar. El calor se hace sofocante y la humedad hace el aire pesado. Al anochecer, los ruidos de la selva empiezan como una orquesta que va subiendo de tono, y la humedad del día es reemplazada por un concierto interminable de insectos, ranas y aves, cuya intensidad escasamente noté la primera noche por el tremendo choque de haber sido depositado violentamente en medio de la manigua. Miro a Consuelo, acostada en su hamaca, como si estuviera de vacaciones, leyendo el mismo libro de Margaret Mead. Yo decido tratar una vez más con la radio y decido pasarme a la onda corta. Una vez más sólo recibo estática del mundo exterior. Me estoy quedando medio dormido y me sueño con una canción de Chico Buarque…cuando de pronto caigo en cuenta de que ¡la música proviene de la radio! He sintonizado sin saberlo una emisora brasileña  y la escucho sin entender palabra por un par de horas, hasta que la noche y el cansancio me sumen en un sueño profundo.  No sé que cosas me hará soñar ahora el espíritu de la selva.


 

Capítulo IV

Es un muchacho de unos doce años, macizo y de pelo rojo. Su cara refleja dureza y picardía a la vez, y a pesar de su corta edad, tiene una mirada inquisitiva y profunda.  Es de mañana y su mamá lo está alistando como para ir a la escuela. Por la ventana del segundo piso se ven techos de barro y casas de un piso con fachadas pintadas de blanco y verde. La cara del niño refleja un gesto de incomodidad. La mamá le está arreglando el cuello de una camisa blanca y almidonada. El niño se mete dos dedos por entre el borde de la camisa y el cuello y le dice a la mamá:

“¡Pero si a don Juan Sordo le da lo mismo si voy a aprender las matemáticas con el cuello almidonado o sin almidonar! Y lo que es más, tanto almidón se me va a meter en el cerebro, me lo va a poner tieso y no me va a dejar pensar”.

Vemos la cara de la madre, ella tiene unos 35 años, es de porte elegante y buen vestir. Continúa componiendo el pelo del niño, y luego, con una sustancia engominada le arregla el cabello. Lo sigue haciendo, como si fuera un ritual que hubiera llevado a cabo miles de veces. De pronto cae en cuenta de lo que acaba de decir el niño y le contesta:

 “¡José Hermógenes, hijo! ¿Qué disparates dices? Nadie va a decir que la esposa de don Felipe de la Maza manda a uno de sus hijos mal arreglado a la escuela. Además, ¿Qué va a decir don Juan sordo, tu padrino, si te ve vestido como un cualquiera?”

Vemos las manos de la madre arreglando con cuidado el cabello color fuego del niño y vemos  la cara del niño, mortificado de tanto arreglo. En ésas están cuando desde la ventana abierta se escucha una algarabía en la calle. Madre e hijo corren hacia la ventana. Desde ella se alcanza a ver que, en medio de la empedrada calle, un grupo de guardias españoles con sus mosquetes al aire corre tras de un hombre descalzo, vestido apenas con una camisa descosida y un pantalón blanco. Un guardia dispara y el hombre cae al piso, mortalmente herido. La madre aleja al niño de la ventana para que no siga viendo el mortal espectáculo. Le sigue componiendo el cabello y para restarle importancia al asunto, dice:

“Era uno de esos criollos subversivos que andan pegando pasquines en las paredes, clamando por la independencia de España. Le dieron lo que se merecía”.

Por las mejillas del niño rueda un par de lágrimas y su nariz se congestiona. Trata de disimularlo, limpiándose con el puño de su inmaculada camisa.

“Debe ser que tienes alergia a la gomina”, dice la madre alcanzándole un  pañuelo para que no ensucie su camisa.

“Lo mataron injustamente”, le dice el niño a la madre en tono de reproche, “no era ningún subversivo. Yo lo había visto antes, era Juan, el zapatero”.

En ese momento Consuelo interrumpe mi narración.

“¿Cómo puedes acordarte de todos los detalles de esa película? No sabía que tuvieras tan buena memoria. ¡Hasta los diálogos, es increíble!”

“Es que…pues, verás, ah, sí, la vi poco antes de que saliéramos de Bogotá, y como tres veces, de modo que se me quedó grabada”.

“Ese nombre me suena ‘Hermógenes Maza’, pero te cuento que yo para la historia no era muy pila cuando estaba en el colegio”.

“Lo que pasa es no mucha gente lo conoce. Todo el mundo ha oído hablar de Bolívar y Ricaurte, pero los libros de historia a veces se saltan al general Maza. Te seguiré contando la película poco a poco, por lo menos servirá para que nos olvidemos que esta selva nos puede tragar vivos”.

Y la verdad es que hace un calor infernal y los mosquitos sí nos están devorando vivos. Es nuestro tercer día de selva y pronto tendremos que pensar en cazar o pescar algo o correremos el riesgo de morirnos de hambre. Por la mañana me bañé en el río como Dios me trajo al mundo, era una sensación hermosa y liberadora. Consuelo también se bañó y tomamos turnos. Ella como es modesta, usó un traje de baño. El río es como de una cuadra de ancho y sus aguas son color chocolate. Me imagino que estará lleno de peces, pero ni ella ni yo sabemos pescar, tocará aprender a la fuerza.

De vuelta al cobertizo nos desayunamos con otras cinco biblias, y Consuelo dijo que ojalá no nos trajera mala suerte la quemazón de biblias, ¡como si nos hubiera traído suerte tenerlas en el avión!

“¿Cómo dijiste que se llamaba la película?”, me pregunta Consuelo para sacarme de mis pensamientos.

“Pues verás, se llamaba…” Ricardo piensa por un instante y continúa: “Ah, sí, claro, ‘En Primera Fila’, ¿pero en qué íbamos?”

“Acaban de matar al zapatero”.

La mamá termina de arreglar al niño y llama a una mujer que tiene a su servicio para que lo lleve a la escuela, porque no es el único hijo que tiene, hay como otros cinco o seis, unos mayorcitos y otros menorcitos, entre niños y niñas. Vemos que la mujer, una hermosa mestiza de pelo largo azabache, le abotona el chaleco a Hermógenes y con un trapo, arrodillada, le saca lustre a sus zapatos. Hermógenes retira el pie y le dice a la mujer que ella no tiene por qué hacer eso, y él mismo les saca lustre doblando la pierna y restregándolos contra el pantalón de su vestido. La mujer le da una mirada cómplice, como quien dice “este niño siempre se sale con la suya”.

Pasamos a una calle de la Santafé colonial. Se ve un letrero en piedra que dice “Calle Tercera”, y  de la casa de la esquina, grande de dos pisos, salen Hermógenes y Emiliana, que así se llama la nana. Caminan calle abajo y se dirigen a la Calle Real de Las Nieves, donde queda la escuela de don Juan Sordo. En la esquina opuesta, Hermógenes mira con rabia el charco de sangre que quedó en el sitio donde mataron al zapatero. De entre su seno, Emiliana saca un clavel rojo y lo deja caer en silencio en homenaje al muerto. El clavel cae en cámara lenta a la vez que una lágrima se resbala de la mejilla de Hermógenes y va a mezclarse con la sangre regada. La cámara se pasea por puertas y ventanas, donde rostros acusatorios muestran su rechazo por el asesinato cometido. Al doblar la esquina se encuentran con un mendigo que les alarga la mano para pedir una limosna. Emiliana mira cautelosa a lado y lado de la calle y del seno se saca un papel y se lo da al mendigo, como si fuera una limosna. Hermógenes mira a Emiliana con cara interrogativa, sin entender lo que pasa. Siguen su camino y pasan junto a uno de los caños que llevaba el agua del río San Francisco a las pilas públicas. Hermógenes mira el agua cristalina  y en un descuido de Emiliana, se quita la chaqueta y los zapatos y se lanza a chapotear al caño ante la mirada desconcertada de su nana. Estamos ahora ante la puerta de la escuela de don Juan Sordo. La puerta está entreabierta y vemos un zaguán central de piedra con una pila de agua. Un grupo de cinco o seis niños, impecablemente vestidos, se dispone a entrar a la única aula de la escuela. Los niños y el maestro miran en dirección a la puerta. Allí está Hermógenes Maza, con el pantalón empapado y el pelo desarreglado, listo para empezar su primer día de escuela.

Pasamos al salón de clase. Vemos una gran mesa de madera con sillas a su alrededor  y a don Juan Sordo al frente de una pizarra. Debe estar como en sus treintas y habla con acento de España. En la pared cuelga un cuadro de Carlos IV, el rey de la época. Los demás niños miran de reojo a Hermógenes y se tapan la boca con las manos en gesto burlón.

Don Juan Sordo toma la palabra.

“Aquí vais a aprender lectura, escritura, matemáticas, religión y buenas costumbres. Como sabéis, yo os prepararé para que podáis ingresar en un par de años a ese templo del conocimiento, el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, donde sólo entran aquéllos que demuestren que no tengan sangre impura ni de negro ni de indio ni de cualquier raza salvaje que habite esta tierra”.

Mira a Hermógenes para presentarlo a sus compañeros.

“Hoy empieza la clase con nosotros el niño José Hermógenes de la Maza, de distinguida…”

Las risas de los demás niños, interrumpen al maestro.

“Hermógenes es nombre de gorila”, dice un niño.

“Con ese nombre yo no saldría a la calle”, dice otro.

“A callar y a respetar, ¿qué os habéis creído?”, grita don Juan Sordo golpeando fuertemente la mesa con una regla.

“Hoy empezaremos con la lección de buenas costumbres, a ver si aprendéis a portaros como buenos cristianos. Poned atención y anotad con cuidado lo que os voy a decir. Empezaremos por la higiene personal. Es muy importante que os bañéis el cuerpo por lo menos cada ocho días y los pies, las manos y la cara cada día”.

Hermógenes levanta la mano para hacer una pregunta.

“¿Qué quiere saber el niño de la Maza?”

“Mi nana dice que los indios se bañaban todos los días en unos hermosos lagos que había en las afueras de Santafé y que ellos no arrojaban las basuras a los caños, como se suele hacer ahora”.

“Es porque los indios eran gente sucia y por eso se tenían que bañar más; nosotros como somos gente más pulcra no tenemos que bañarnos tanto y además, los indios no tenían basura porque no eran civilizados como nosotros…pero, no más interrupciones, dejadme continuar con la lección…”


Capítulo V

Diario de campo del antropólogo Ricardo Reyes

Cuarto día de selva

Es nuestro cuarto día perdidos en la selva. Trato de no pensar más allá de un día a la vez, pues la idea de que no saldremos de aquí con vida empieza atormentarme. Por donde quiera que miro sólo veo árboles gigantescos, lianas y debajo de esos árboles una oscuridad casi total al mediodía. Finalmente decidí confrontar al monstruo verde que me llena de pesadillas cada noche. Fue así que me interné unos pasos en esa telaraña gigantesca, pero como dice mi mamá, “el que no conoce ganado hasta la boñiga lo embiste”, todas las lianas me parecían culebras listas a devorarme, los troncos semejaban anacondas hambrientas y los insectos escorpiones listos a clavarme su aguijón. Definitivamente un pobre tonto de ciudad como yo no sobreviviría ni media hora si se aventurara selva adentro. De repente sentí que algo viscoso me agarraba un pie y caí como un tronco al piso. Saqué mi cuchillo para enfrentar a mi mortal enemigo, el cual resultó ser una pacífica enredadera en la que me había metido por accidente. Regresé con mi rabo antropológico entre las piernas. Había que buscar contacto a como diera lugar con el mundo exterior. Fue así que con un alambre que encontré en el cobertizo improvisé una antena para la radio, y para mi asombro, logré sintonizar una emisora colombiana, “La Voz del Llano”. Fuera de joropos y mensajes que mandaba la gente desde Villavicencio a su familiares por todo el Amazonas, no he oído ninguna noticia acerca de nuestro infausto vuelo o sobre operaciones de rescate. Seguramente ya nos dieron por muertos y en un par de semanas ya nadie se acordará de nosotros. He quemado ya 35 de las biblias que rescatamos del avión, las usamos para empezar el fuego, usando la madera misma del cobertizo donde nos estamos refugiando.

Quinto día de selva

A pesar de mi mala experiencia de ayer por la mañana, me aventuré por la ribera del río, buscando alguna planta comestible. Encontré un arbusto que tenía unas frutas como uvas, pero del tamaño de un limón. Lo observé por un rato para ver si algún pájaro venía a comer los frutos sin caer muerto, o por lo menos eso es lo que recuerdo que leí en algunos de mis textos de antropología (cuando los leía) que era lo que hacía el hombre primitivo para identificar plantas comestibles. Una bandada de periquitos llegó a comer los frutos, por lo cual me atreví a recoger un racimo. Consuelo se mostró sorprendida cuando llegué con esas uvas que parecían salidas del país de los gigantes. Resultaron ser jugosas y dulces y nos ayudarán con nuestros recursos alimenticios que empiezan a gastarse. Pronto iré de pesca, aunque no tengo la más mínima idea de cómo preparar un pescado para cocinarlo y lo peor de todo es que ¡en mi vida he pescado!  Consuelo se aventuró en la selva también, pero para tomar fotos de mariposas y hongos exóticos. Regresó con un salpullido en una pierna. Espero que no se haya restregado en una mata venenosa. Para distraerla le estoy contando la película del general Maza. ¡Nunca se imaginará el final de la misma!


Capítulo VI

Han pasado unos cuantos años y José Hermógenes de la Maza ahora simplemente se llama Hermógenes Maza. A los dieciocho años es ya todo un hombre, alto y musculoso, y su cabello color fuego lo destaca entre sus compañeros del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. Vemos un claustro muy diferente al sencillo salón de clases donde don Juan Sordo enseñaba a sus pupilos “a ser buenos ciudadanos”. Las paredes son altas y en un patio central descansan los jóvenes, tal vez una veintena o más, en un intermedio entre sus clases. Estudian latín y filosofía, bajo un estricto ambiente disciplinario. Vemos en una pared el escudo con la Cruz de Calatrava, símbolo de la institución y de los cruzados, y por la ventana de un salón escuchamos a un maestro que repite al pie de la letra los estatutos del colegio, tal como los redactara Fray Cristóbal de Torres en 1654: "No debéis olvidar ni por un instante que ésta es una congregación de personas mayores, escogidas para sacar en ellas varones insignes, ilustradores de la República con sus grandes letras y con los puestos que merecerán con ellas, siendo en todo el dechado del culto divino y de las buenas costumbres, conforme al estado de su profesión".

Consuelo me mira con aire incrédulo…

“¿Y cómo demonios te acuerdas de las palabras exactas?”, me pregunta como si me hubiera cogido en la gran mentira.

Suelto la carcajada. “Por un motivo muy fácil, casi doscientos años más tarde, yo también estudié en el Rosario. Pero te sigo contando…”

Maza está con un grupo de estudiantes en agitada conversación y hasta allí llega el eco de las palabras del maestro que repite la famosa consigna rosarista.

“Dechado del culto divino, ¡mi culo! ‘¿Ilustradores de la república?’ Ya verán cuando caigan en mis manos estos asesinos cómo los voy a ilustrar en el arte de la muerte”.

Los demás estudiantes parecen nerviosos y le piden con gestos que baje la voz.

Uno de ellos, alto, colorado y que viste elegantemente, se le acerca agresivamente y le dice:

“Parece, mi distinguido señor de la Maza que usted se ha olvidado de su noble ancestro y se está poniendo del lado de la plebe. Además aquí deberíamos estar discutiendo las doctrinas tomistas y no las de esos revolucionarios, cuyas cabezas pronto colgarán de la Plaza Mayor”.

Se acercan más estudiantes y forman un corrillo alrededor de Maza y el realista. Maza mira a su interlocutor a los ojos, saca los dedos de su fino chaleco y se arremanga el saco. Sin dejarse intimidar, mira fijamente al realista.

“Y usted, don Felipe García y Morantes, muy noble hijo de España, ¿es que acaso no se da cuenta de que las colonias no aguantan más impuestos y vejaciones? Don Antonio Nariño fue encarcelado por traducir los Derechos del Hombre y hasta su abogado, el ilustre doctor Ricaurte y Rigueiros, murió preso en una mazmorra en Cartagena por el delito de haberlo defendido. La fuerza sin razón le da al pueblo la razón para utilizar la fuerza”.

Vemos un close-up de la cara de Felipe, quien enardecido le contesta:

“El tal Ricaurte era un bartolino que no respetaba al rey. Nosotros, los rosaristas, honramos a Dios y a la madre España y no participamos en revoluciones”.

Pasamos a un plano general y vemos cómo el realista escupe entonces a los pies de Maza, la situación es tensa. Maza se despoja de su saco y avanza hacia el realista con el puño en alto. En ese momento se escucha un grito proveniente de la calle:

“¡Que mueran los chapetones, la revolución ha empezado!”

Todos los compañeros de Maza, con Maza a la cabeza se precipitan por la puerta en dirección a la Plaza Mayor, de donde viene la algarabía. Maza duda un instante, se devuelve y ve a Felipe sólo en la plazoleta del Rosario, mirando atónito lo que está pasando. Maza recoge el saco que había dejado abandonado, de un bolsillo saca un amuleto, un hueso labrado con una cadena de oro y se lo pone en el cuello. Sale otra vez apresurado y cuando pasa junto a Felipe, lo mira con furia y le dice:

“No participamos en revoluciones, ¡las empezamos!” y le lanza un puñetazo a la mandíbula. Vemos a Felipe caer en cámara lenta, y la escena se disuelve a los pasos de Maza y a los pasos de decenas de personas más que se precipitan calle abajo. Se escuchan voces que truenan:

“¡Mueran los chapetones, viva la revolución!

En la plaza mayor se ha formado un tumulto, vemos a Maza llegar al frente de un grupo heterogéneo de personas, rostros del común, comerciantes y algunos con trajes finos, como el mismo Maza. Éste ahora carga como porra la tranca de una puerta que ha recogido por el camino. Vemos una toma aérea de la escena. Por un lado avanza el pueblo enardecido y por el otro vemos a un grupo de fusileros españoles, rodilla en tierra, en posición de fuego. Vemos ahora la escena desde la torre de la catedral mayor. Un grupo de artesanos ha sobrepasado al portero de la iglesia y corre escaleras arribas para hacer repicar las campanas de la iglesia.


Capítulo VII

La película se devuelve al día anterior de la insurrección. Estamos en el 19 de julio de 1810. La cámara enfoca el edificio del Observatorio Astronómico de Santafé. El sol se está ocultando y por la calle quinta vemos a un par de personajes que arrimados a las paredes de las casas y envueltos en sus capas para que no se les vea la cara, se acercan al observatorio. Pasamos a la torre del mismo y allí está el sabio Caldas, rodeado de aparatos de astronomía y sentado frente a una mesa donde reposan libros de matemáticas y ciencias. En un estante se ve un herbario con muestras de plantas y con rótulos de sus nombres científicos. Caldas se levanta de su silla y observa por uno de sus telescopios el cielo que se está oscureciendo. Anota algunos datos en una libreta cuando de repente, aparecen a sus espaldas los dos hombres que vimos avanzar por la calle quinta. Una musiquita de suspenso se confunde con la respiración jadeante de los mismos. Uno de los hombres se lleva la mano a la chaqueta, como si fuera a sacar un arma, pero Caldas se voltea en ese momento. La cámara enfoca la mano del desconocido, que de su bolsillo saca un fino reloj de cadena.

“Seis y treinta en punto, como habíamos quedado”, dice el hombre.

“Don Camilo Torres y don Antonio Morales, son ustedes más puntuales que Venus para salir por el horizonte”, les responde el sabio Caldas. “Pero, tomen asiento. ¿Les puedo ofrecer un té de manzanilla matricaria? No sólo sirve para calmar los nervios, sino que además estimula la digestión”.

Sin esperar respuesta, de una tetera que tiene en una mesita, vierte el humeante té en sendas tazas.

“Ha estado en reposo por treinta y cinco minutos, y las hierbas las recogí yo mismo de…”

La voz del hombre se disuelve con la música y vemos que habla y gesticula mostrando sus hierbas y dándoselas a oler a sus invitados. Cuando la música baja, se nota un poco de impaciencia en la cara de los hombres. Camilo Torres toma la palabra.

“Todo está listo para mañana, como habíamos quedado”.

La cámara enfoca a los hombres que están dando los sorbos finales de su aromática bebida. Caldas se restriega las manos y dice:

“Pero permítanme mostrarles una hierba más”. Con gran misterio saca de un anaquel un mortero blanco pequeño, cubierto con una tapa labrada. Prosigue:

“Y la que aquí tengo guardada, es la hierba de la verdad”. Destapa el mortero y vemos un fino polvo de color verde en su fondo. Sus invitados se acercan a mirarlo y Caldas lo tapa rápido. “Basta con esparcir una pizca en la nariz de un hombre, para que éste se enloquezca y sin quererlo diga lo que en verdad piensa”. Toma una cucharita y vierte una pequeña cantidad en un sobrecito de papel y se lo entrega a Morales.

“Ya sabrás hacer buen uso de él, son los polvos del padre Celestino, y nunca fallan”.

Antonio Morales recibe el sobre, lo gurda en si chaqueta, coloca su taza sobre la mesa y dice:

“Seguiremos el plan punto por punto. Mañana viernes es día de mercado y la Plaza Mayor estará llena de marchantes y clientela. El chapetón José González Llorente estará como de costumbre, despotricando en su tienda…”

La escena se disuelve a un letrero que dice “Calle Real”, la cámara la recorre lentamente hasta entrar en la tienda de Llorente, a pocas calles de la catedral. La tienda está bien surtida de paños, manteles, cristales, vajillas y floreros de todo tipo. Al frente del mostrador está Llorente, hombre de mediana edad, prominente calva, regordete y muy bien vestido con camisa bordada, chaleco de corte fino y exhibe en la mano derecha un gran anillo de oro. Llorente mira directamente a la cámara y oímos lo que dice, a la vez que con un paño limpia minucioso un florero de cristal:

“Aquí estoy, José González Llorente, el 20 de julio de 1810”, se voltea y mira su reloj de péndulo que cuelga de una pared,  “a las 11 y 30 de la mañana, como cada día, atendiendo mi negocio y viendo pasar por mi ventanal el mundo colonial. En media hora, esos criollos despreciables llegarán a mi tienda a armar un gran alboroto y a acusarme de cosas aberrantes. Yo, hijo de Cádiz, casado y con dos preciosos hijos, he hecho una fortuna vendiendo estas mercaderías importadas, porque en estas tierras no se produce nada de ningún valor”. Mira por su ventanal y prosigue. “Desde aquí veo pasar indios, mestizos y criollos, y no es que tenga nada contra ellos, pero en verdad son muy inferiores a nosotros los peninsulares. Razón tenía el Virrey en querer encarcelar y ajusticiar a esos subversivos que pronto llegarán a mi tienda para empezar su revuelta. Si los hubieran fusilado en esta misma Plaza Mayor, lo que está por suceder, jamás habría sucedido”. Mirando su florero que ahora luce impecable. “Dirán que yo me negué a prestarles este florero para que ellos celebraran la llegada de ese quiteño traidor, apellidado Villavicencio, quien seguramente simpatiza con su causa. Pero yo no soy tan estúpido, les dije que podrían tomar prestado el florero y hasta este mantel italiano que guardo bajo llave, para que las miradas de los clientes no lo gasten, pero ellos me salieron adelante, los muy zorros…”.  

Volvemos al observatorio astronómico. Caldas mira fijamente a Antonio Morales quien toma la palabra.

“A las doce en punto entraré yo en la tienda de Llorente para pedirle prestado el florero”.

Hay un fade-out y pasamos de nuevo a la tienda de Llorente. Su reloj marca las doce menos cinco. Habla Llorente.

“En cinco minutos cumpliré mi cita con la historia, me acusarán de insultar a los criollos, lo cual es una falsedad pues nunca los he insultado en público, me sacarán de aquí a palos y me encarcelarán como si fuera un vulgar delincuente. Luego, su ejército de rufianes y putas declarará la independencia de su Majestad el rey, Fernando Séptimo y se dedicarán a perseguirnos, porque los esclavos siempre viven envidiosos de los amos y yo tendré que exilarme en Cuba con mi mujer, mis dos hijos, mi suegra y las once hermanas de mi esposa, quienes viven con mi familia y a quienes proveo todas las necesidades de su existencia. ¿Habríase visto mayor injusticia? ¡Criollos hijosdeputa!”

La cámara se posa de nuevo en el reloj de Llorente y vemos transcurrir los cinco minutos en cinco segundos. Pasa a una toma de la puerta de la tienda de Llorente y las doce en punto, entra Antonio Morales a la tienda. Es de mediana estatura, nariz aguileña y vemos como se restriega sonriente sus frondosas patillas. Saluda muy cortésmente a Llorente.

“Buenas y santas, don Antonio, hermoso florero el que tiene en sus manos”.

“Buenas y santas las tenga vuestra persona, don Antonio, ¿qué os puedo ofrecer hoy?”

“En verdad no he venido a comprar nada. Hoy debe ser el día de los Antonios, porque don Antonio Villavicencio llega hoy a la capital y como usted tal vez sepa, le estamos preparando una recepción”.

“Ah, claro, ¿no me digáis que venís a invitarme?”

Morales se sonríe. “No precisamente, vengo a pedirle un favor, ya que tenemos que adornar la estancia donde tendremos la recepción, venía a pedirle prestado, ah, si, un, un, un florero, tal vez ese de cristal que reposa entre sus manos”.

La cámara enfoca a Llorente de frente y de cuerpo completo. Vemos su panza agitada y cómo se limpia su papada sudorosa. Morales se acerca lentamente. La cámara lo enfoca por detrás y vemos que carga entre sus manos el sobre que le diera Caldas. Se acerca a Llorente, como para mirar el florero y sin que aquel lo note, esparce una pizca del polvo frente a su nariz. La cámara se aleja un poco y detrás de Llorente, aparece…el espíritu de Llorente, quien le dice:

“De una vez, decidle que no a este criollo hijueputa. ¿Qué se habrá creído el malnacido?”

Llorente mira a su doble y le dice: “¿Y tú, de dónde saliste?  A callar, cabrón, que te va a escuchar”.

Se voltea hacia a Morales, quien lo mira con una sonrisa irónica y dice:

“¿Cómo se ha atrevido a llamarme usted?”

“Yo no os he llamado nada, claro, el florero, aquí está, podéis llevarlo, ni más faltaba, para mí será un honor…”

“Qué honor ni qué cuernos”, le dice su doble, quien agarra el florero y comienza a jalarlo, justo cuando Morales se acerca a admirarlo.

“A estos hijueputas no hay que darles ni el saludo”.

“Eso sí que lo oí clarito”, dice Morales. “¡Me ha llamado usted un cabrón y un criollo hijueputa!”

El verdadero Llorente mira desesperado a su doble, intenta darle una bofetada para que suelte el florero, pero su doble se esfuma en ese momento y el golpe cae en la cara de Morales.

“Esto ya es inaudito, chapetón de mierda. No solamente insultado sino vapuleado y todo por un florero. Espere a que ponga el grito en el cielo”.

“No por favor, os lo ruego, no fui yo sino mi otro yo el que dijo e hizo esas cosas…”

Morales sale a la puerta y grita a voz en cuello.

“Llorente me acaba de llamar criollo mierda y me abofeteó, todo porque le pedí prestado un florero para la recepción de don Antonio Villavicencio”.

Desde la puerta vemos la plaza que está llena de mercaderes y clientes. Una de las marchantas que está vendiendo maíz tierno, el cual tiene amontonado en una mesa, se voltea y repite a su modo las palabras de Morales. Grita, con su mejor vozarrón de marchanta.

“¡Escuche todo el mundo, Llorente acaba de decir que todos los que estamos en esta plaza somos unos criollos de mierda y le acaba de romper un florero en la cabeza a don Antonio Morales!”

La cámara recorre la plaza rápidamente, donde la noticia pronto se riega como pólvora de puesto en puesto. Hombres y mujeres repiten su versión de lo sucedido.

“Llorente dijo que todos los criollos nos iríamos a la mierda y le rompió la cabeza con un florero a don Antonio Villavicencio”.

“Llorente dijo que ya viene la guardia a fusilar a los criollos de mierda y mató con un florero a don Antonio Villavicencio”.

“La guardia ha fusilado a muchos criollos y después los ha cubierto de mierda y el mismo Llorente los está decapitando con los pedazos de un florero con el que mató a don Antonio Villavicencio”.

Una mujer se para en una mesa en medio de la plaza y grita:

“¡Que mueran los chapetones, que viva la revolución”.

“¡Que mueran!”, contesta el tumulto y un grupo armado se dirige al almacén de Llorente, quien ha cerrado y trancado ya las puertas de su tienda. Al frente de la misma, Antonio Morales arenga al pueblo:

“Pueblo indolente, que el calor del momento se convierta en efervescencia revolucionaria, y ante las ignominias chapetonas, ¡a la carga! ¡O los fusiles o las cadenas!”

Vemos una toma aérea de la plaza, grupos vociferantes se desplazan por sus cuatro costados hacia las calles aledañas. La cámara baja lentamente y seguimos un grupito que pasa frente al Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. Una mujer grita frente a la puerta del Colegio:

“¡Que mueran los chapetones, la revolución ha empezado!”

Y volvemos la escena anterior, en que Maza se alistaba a pegarle al español bocón. Las dos escenas se unen y ahora tenemos a Maza, donde lo habíamos dejado antes, armado de un garrote y dirigiéndose a la Plaza Mayor. Allí escucha la versión de los hechos:

“Llorente tiene preso en su tienda a don Antonio Morales y amenaza con decapitarlo con un florero de cristal roto si hace una recepción en honor a don Antonio Villavicencio”.

Un grupo de hombres trata inútilmente de derribar la puerta de la tienda de Llorente. Algunos están arrojando piedras y verduras por las ventanas y los cristales están ya rotos. Adentro de la tienda, Llorente se esconde debajo del mostrador, mientras el cristal de sus finos floreros vuela por todas partes. Maza se acerca a la puerta y grita con un vozarrón impresionante:

“Quítense de ahí que aquí viene Maza”.

Y cargando como un toro, derriba la puerta de un garrotazo, salta el mostrador y se encuentra cara a cara con Llorente y éste dice:

“Tened piedad de mí, por favor, os lo ruego. Mirad que tengo que sostener a trece mujeres…”

Maza lo interrumpe, vemos en su cara una mirada pícara y fiera.

“Entonces te vas a ganar un garrotazo por chapetón y otro por polígamo”.

Vemos en cámara lenta como el garrote de Maza inicia su vuelo y la cara de espanto de Llorente. La escena se corta ahí y pasamos a la calle, donde Morales, ahora subido a un balcón y rodeado de varios co-conspiradores, entre ellos Caldas y Torres, continúa arengando a la multitud.

“Que este florero de Llorente sea el motivo para crear un cabildo abierto compuesto por…”

La cámara corta a diferentes escenas por las calles santafereñas. Pequeños grupos armados de palos y garrotes rompen vitrinas y saquean tiendas de chapetones. Unos gritan: “¡Abajo el mal gobierno!” y otros les contestan “¡Que mueran los bonapartistas!”

Los marchantes y marchantas, devenidos en saqueadores no escuchan los discursos de sus liberadores. La algarabía callejera es reemplazada por un silencio total y la cámara enfoca unos dedos blancos y nerviosos de pulidas uñas que se agitan como si tuvieran mal de San Vito. Vemos al virrey, Amar y Borbón sentado en una lujosa silla con cara compungida. Se pone de pie y se acerca a una ventana. Es barrigón, de gran papada, usa una peluca blanca y viste una casaca negra abierta, que deja ver un chaleco rojo bordado. Se apoya en un bastón de puño dorado. Con cuidado lo deposita en una mesa y abre la ventana. Oímos a lo lejos los gritos de la revuelta. Un oficial español entra a la estancia. El Virrey se aleja de la ventana, y mira al oficial con rostro preocupado.

“Vuestra excelencia, estamos a la espera de vuestras órdenes. El pelotón de fusilería está listo a acabar con la revuelta”.

El virrey, que es medio sordo, le contesta:

“¿Qué el pelotón de fusilería ya está de vuelta y no pudo contener los desórdenes? 

“Vuestra excelencia, que el capitán Álvarez aguarda una orden por escrito para dispararles a los insurrectos”.

“¡Claro que es lo correcto, ya di orden de dispararles a esos malditos!”

El oficial español se impacienta y estira un papel al Virrey para que lo firme, dando la orden de fuego. El Virrey lo lee y dice:

“¡Hombre! ¿Es que es usted mudo? Haberlo dicho desde un principio y ya habríamos acabado con esa revuelta”. Dicho esto, estampa su firma en el papel y se lo devuelve al oficial.

La cámara corta a un rincón de la Plaza Mayor, donde el pelotón de fusilería, con sus armas en alto, espera impaciente las órdenes de fuego. Un soldado se aproxima al capitán de los fusileros y dice:

“O empezamos a disparar o estos descamisados acabarán hasta con los mandamiento de la Santa Madre Iglesia”.

El capitán mira a la multitud y le responde:

“Mientras no me llegue una orden del Virrey por escrito, no daré la orden de fuego. ¿Acaso queréis quemaros en el infierno por haber disparado a una gente desarmada como si fueran animales de caza?”

La cámara corta a Maza que avanza en medio de la plaza, entre la multitud se encuentra con dos de sus hermanos, Vicente, el hermano mayor y Manuela, la hermana mayor. Maza los mira desconcertados.

“¿Y ustedes qué hacen en esta revuelta, no ven que les puede costar la vida?”

Vicente contesta:

“Hacemos lo mismo que tú, rebelarnos contra los siglos de injusticia que pesan sobre nuestras espaldas”.

“Vicente, hermano mío, al fin y al cabo  tú eres un hombre y sabrás lo que haces”, se dirige a la hermana: “Pero tú, Manuela, este no es sitio para una mujer….”

Por detrás de Manuela vemos que viene corriendo la que fuera nana de Hermógenes años atrás. Su rostro refleja un gran desespero. Se acerca los Maza.

“Mi niño Hermógenes, gracias a Dios que lo encuentro. Dioselino, el mendigo, me acaba de avisar que viene un oficial español con un papel firmado de puño y letra del Virrey, dando la orden de fuego, acaba de doblar la esquina, mírenlo es ése que allá viene…”

La cámara enfoca al oficial español que está ya a pocos metros del capitán Álvarez, trayendo la orden escrita de fuego. Manuela de la Maza corre presurosa y cuando el oficial extiende la mano para entregar el papel, se lo arrebata y lo rompe en mil pedazos. Vemos caer en cámara lenta los pedazos de papel, ante la mirada asombrada de los dos oficiales y de los hermanos Maza. El capitán Álvarez mira a Manuela y sus ojos recorren su pelo negro y rizado, su nariz respingada, su boca hermosa y su mirada altanera. Los papeles se dispersan por la plaza y el capitán Álvarez les dice a sus hombres:

“Aquí no llegó ninguna orden de fuego, retiraos de inmediato a los recintos de la tropa”.

Sus hombres lo miran incrédulos y éste prosigue:

“Vamos, retiraos, una orden de un  superior es como una orden del rey”.

La tropa se retira y el pueblo grita jubiloso. Manuela corre calle abajo gritando mueras a los chapetones. El capitán Álvarez suelta su fusil y corre tras ella. Por el camino va dejando sus prendas de oficial, hasta quedar tan solo en pantalón en camisa. En medio de la plaza se acerca a Manuela y la coge de una mano. Ambos se miran fíjamente. Manuela le pregunta:

“¿Y quién eres tú?”

Él le responde: “Hasta hace cinco minutos yo era el capitán, Mauricio Álvarez, oficial de los ejércitos del rey. Ahora soy simplemente Manuel, oficial del ejército revolucionario y me postro a tus pies”.

La multitud grita una vez más: “¡Que mueran los chapetones!”.

Manuela y Mauricio contestan con una sola voz, cogidos de la mano:

“¡Que mueran!”


Capítulo VIII

De la Plaza Mayor nos transportamos a nuestra plaza menor. Consuelo y yo hemos decidido que tenemos que seguir buscando alimentos en la selva o nos vamos a morir de hambre cuando se termine lo que traíamos. Es hora de aprender a pescar, y armado con algunos de sus anzuelos voy a ir hoy al río a ver qué saco. Consuelo, por su parte va a tratar de recolectar más frutos comestibles, si es que los encuentra. Ya nos quedan pocas biblias y he seguido quemando, madero a madero, el cobertizo para tener leña en nuestra improvisada estufa.

Miro mi reloj. “Si no estoy de vuelta al mediodía fue que me devoró algún güio”, le digo en son de chiste.

Consuelo ha improvisado un canasto con ramas y una tela que traía para hacer trueque en la selva. Ahora el trueque será con los monos, si es que la dejan acercarse a sus frutos.

Recorro la cuadra y media media que me separa del río, veo las garzas blancas que pasan volando como en cámara lenta. Sus alas tienen una gran envergadura y vuelan majestuosa y plácidamente. También van a pescar al río, las he visto comiendo unos pequeños peces, de modo que intentaré pescar por dónde pescan ellas. Espero que no piensen que soy la competencia y me agarren a picotazos. No fue difícil encontrar la carnada: lombrices hay por todas partes, sólo hay que escarbar un poco y aparecen. El problema es engarzarlas en el anzuelo, son resbaladizas y cada vez que intento se me salen de los dedos. Después de cómo diez intentos, por fin tengo una lista de carnada para el gran pez que pienso sacar de este oscuro río que parece que arrastrara toda la tierra de la selva. Me paro en la orilla, preparo mi puntería y lanzo el anzuelo con gran éxito. A los pocos segundos, siento que un pez gordo ha picado, jalo con fuerza, pero el pez debe pesar como una tonelada porque no logro moverlo. Doy un soberano tirón y lo saco del agua. Miro emocionado, sin creer mi suerte de principiante… pero todo lo que he logrado pescar es un tronco muerto.

No sé por qué, pero cuando saqué el tronco me pareció que alguien se estaba riendo. ¿Sería un mono disfrutando de mi mala fortuna o sería acaso un espíritu burlón de la selva? Seguramente fue el viento silbando contra una rama. Ensayo de nuevo, con paciencia logro meter otra lombriz en el bendito anzuelo y lo lanzo al agua. El calor ya se hace insoportable, las garzas comieron y se fueron y yo sigo aquí parado sin sacar nada. Tal vez debería más bien fritar las lombrices en vez de meterlas en estos benditos anzuelos y decirle a Consuelo que son un plato japonés y que son una delicia. La humedad debe ser como del mil por ciento y siento que la ropa se me pega hasta en el último poro del cuerpo. Ya dejé de contar las picaduras de mosquitos en mis manos, cuando llegué a 350 sabía que si las primeras doscientas no me habían enfermado de malaria, tampoco lo harían las mil siguientes. Pasa el tiempo, y de pronto siento un leve tirón y emocionado jalo el sedal y pronto aparece ante mi vista lo que todo pescador no quiere que aparezca en su anzuelo: un pez diminuto que trata de comerse el aire a mordiscos. De todos modos lo saco del agua y veo que tiene cara de monstruo sacado de una película de tercera. Sigue saltado como loco y cuando me doy cuenta de que es una piraña enardecida, ya es demasiado tarde. De un mordisco me ha arrancado…la suela de mi zapatilla. La cortó lisa y llanamente, como si tuviera entre la boca una cuchilla de acero inoxidable. Esto clama venganza, desenvaino mi cuchillo y pronto el pez yace, ¿muerto?, no fugado, pues de otro mordisco ha partido en dos el anzuelo. Finalmente veo para qué sirve la antropología: sirve para aprender cómo hacen las cosas los demás, pero cuando uno trata de hacerlas, le salen al revés. “El hombre primitivo subsistía de la caza y de la pesca”, hermosa frase, porque aquí estoy yo y ni siquiera calificaría como primitivo, el “primitivo”, comparado con mi ignorancia era en verdad civilizado. El avance de la civilización consistió en olvidarse de cómo hacer las cosas y poner a los demás a hacerlas por uno. ¿Y si en vez de estudiar antropología hubiera estudiado una carrera que en verdad sirviera para algo? ¡Tal vez no estaría perdido en la mitad de esta selva, listo a morirme de hambre y rodeado de comida por todas partes! Esta vez será la definitiva, me digo, y engarzo otra lombriz en un  nuevo anzuelo. No puedo regresar con las manos vacías porque seguramente Consuelo me estará esperando con una cesta llena de frutos y mi ineptitud será humillante. Lanzo el sedal tan lejos como puedo de la orilla para evitar las pirañas que seguramente siguen merodeando por los alrededores. Ya aprendí de qué lado están los troncos. Yo, antropólogo ante-primitivo, voy a aprender en una mañana lo que el ser humano aprendió en unos cuantos milenios, pero lo que es de este río algo he de sacar. Miro el reloj y veo que ya casi va a ser el mediodía. El estómago me gruñe y me baila, como diciendo, ¿dónde está mi almuerzo? Espero y espero, hasta que finalmente, ocurre el milagro. Esta vez no es un tronco atrapado ni un pez enano dispuesto a devorarme.  Siento el jalón y lo veo saltar por encima del agua: es un  nicuro gordo, bigotón, y de piel lisa y manchada, comida segura para una semana. Me aferro al sedal con fuerza y siento que se tensa como la cuerda de una guitarra. Es una lucha a muerte, el pez trata de escaparse, pero yo no lo voy a dejar ir y empiezo a ganar terreno. Cada segundo que pasa logro acercarlo un poco más a la orilla. Me agarro de una rama para hacer más fuerza y ya lo tengo a pocos metros de distancia, le doy el último jalón y…el bendito sedal se rompe como si fuera de seda. El pez coge por su lado y yo me caigo de espaldas en medio de un lodazal y de milagro no me ensarto en mi propio cuchillo que queda clavado a un lado. Lentamente me levanto y acepto mi derrota, adiós lombrices y anzuelos, adiós comida para una semana, no solamente no comeremos pescado sino que casi un pescado termina comiéndome a mí. Estoy completamente empapado y a mis espaldas siento un animal que hace crujir unas ramas. ¿Será que de pescador pasaré a ser pescado?


Capítulo IX

Maza mira directamente a la cámara, luce unos años mayor, tiene la barba poblada y su rostro parece un tanto demacrado. La cámara se acerca más a un primer plano de su cara iluminada contra un transfondo blanco donde se ve una cruz negra. Las palabras salen lentamente de sus labios.

“Nadie habría de sospechar que gracias a un florero cualquiera, en la revuelta del 20 de julio llegaríamos al poder. La Nueva Granada, por fin, tenía un gobierno criollo. Pero al norte, la batalla estaba por dar. Éramos 88 jóvenes los que decidimos unirnos al ejército de Simón Bolívar, nuestra meta era llegar hasta Venezuela y sacar de allí a los chapetones, hasta que ni uno solo quedara ensuciando el suelo americano con su presencia. De haber sido señoritos de ciudad, pasamos de la noche a la mañana a curtir nuestras ilusiones contra la cruda realidad de la guerra. Supimos lo que era escalar los tortuosos Andes, y del frío del páramo descender al calor insoportable de las riberas del río Magdalena. Allí no sólo  habríamos de enfrentar a los chapetones, sino a los mosquitos y las víboras, y no sabíamos cuál de estas pestes era peor. Bolívar había perdido la batalla de Puerto Cabello y nosotros, con el fervor patriótico ardiéndonos en las venas, decidimos salir a rescatarlo, pero él sería el que terminaría rescatándonos a nosotros”.

“¿Ve esta herida?”

La cámara se aleja y vemos un plano general de una pequeña celda. Maza está sentado en un catre sencillo y su interlocutor, de quien sólo vemos la espalda, se sienta en un simple butaco de madera. Maza  se remanga la camisa blanca, gris ya del mugre y la cámara enfoca su brazo izquierdo y vemos profundas cicatrices de quemaduras que le cruzan desde el codo hasta la muñeca.

“Una caja de pertrechos me estalló en medio de una batalla. De milagro no perdí el brazo. Ahora me duele moverlo”.

Vemos el rostro del interlocutor que mira la herida. Es un hombre joven, como de unos 30 años, con cara de criollo, piel cobriza y ojos claros. Mira a Maza seriamente y juega nerviosamente con un manojo de llaves. Maza continúa su relato, la cámara lo enfoca.

“En 1813 nos unimos al ejército de Bolívar. Nuestro objetivo era tomarnos Caracas. Éramos 500 hombres. Nuestro batallón era comandado por Atanasio Girardot y yo era el segundo al mando. Uno a uno vi caer a mis compañeros. Girardot cayó en la batalla de Bárbula y Ricaurte se inmoló en San Mateo para que los realistas no pudieran apoderarse de nuestros pertrechos. Aún así seguimos nuestro avance por Bocachica, Magdalena, Lluma, Güingue, hasta llegar a los campos de Victoria, donde fui ascendido a teniente coronel, y finalmente, el 6 de agosto, llegamos a Caracas. La victoria finalmente nos sonreía. No sé cuántos chapetones ejecutamos, sólo sabía que un chapetón menos en esta tierra era un demonio más en el infierno. Los españoles, sin embargo, no se quedaron con las manos cruzadas y armaron su ejército de la reconquista. Bolívar me envió a detenerlo, pues se disponía a marchar sobre Caracas. La batalla fue desigual, éramos 600 contra cinco mil y sin embargo les resistimos, hasta que ya no nos quedó ni una bala más. Entonces combatimos cuerpo a cuerpo para darle tiempo al resto de la tropa de que se batiera en retirada. Bolívar consiguió escapar, pero yo caí preso, y aquí estoy en esta mazmorra, con esta cruz a mis espaldas, en la celda de los condenados a muerte”.

El hombre lo miró con ojos tristes y en su nerviosismo dejó caer las llaves al piso de tierra. Maza, instintivamente se reclinó para recogerlas, pero sintió un jalón de una pierna.

Vemos su mirada adolorida y escuchamos lo que piensa:

“Se me olvidaba que estaba encadenado al catre, como si fuera un perro rabioso. Me siento más impotente que nunca. Me maldigo por no haber perecido en una de tantas batallas donde tuve la oportunidad de morir, pero parecía que la muerte no quería ser mi aliada. Hubiera preferido mil veces la muerte en combate que ante un pelotón de fusilamiento. Nunca le he sacado el cuerpo al peligro, lo que es más, mis mismos soldados pensaban que estaba loco pues siempre era el primero en avanzar entre el fuego enemigo y en más de una ocasión, fuerzas infinitamente superiores habían caído derrotadas ante el arrojo que me daba la rabia, el cual se había vuelto contagioso entre mis hombres. Hasta que llegó Tomás Boves”.

“¿A qué hora me ejecutan y por qué no me han traído un sacerdote?”, preguntó Maza, saliendo de sus pensamientos, con un gesto más de impaciencia que de desespero.

Su carcelero se puso en pie. Había oído pasos que se acercaban. Miró de reojo por entre las rejas de la ventanilla de la puerta y dijo en voz alta: “Comunicaré sus preguntas a mis superiores, ahora debo retirarme”, y salió rápidamente de la celda.

Maza se acuesta y mira fijamente el techo. Por una pequeña ventana enrejada, alta en la pared, se cuela un rayo de luna. Vemos por dónde navega su mente. En un instante está en la boda de su hermana Manuela con el oficial español que por amor pelearía contra su Madre patria. Luego lo vemos en el entierro de su padre, poco antes de unirse a los 88 patriotas que se iría a pelear a Venezuela. Ahora está en el campo de batalla dándole ánimos a sus hombres y vemos como una caja de pertrechos casi le vuela un brazo. Finalmente lo vemos quedarse dormido. Cuando despierta, un rayo de sol entra en la celda y su carcelero está en ella y lo mira fijamente. Maza se levanta sobresaltado de la cama.

“¿Qué pasa?”, pregunta Maza.

“Llegó la hora”, le contesta.

“¿La hora de qué?”

“De su fusilamiento”.

“¿Sin siquiera haberme confesado?”

En la siguiente escena Maza ya está frente al pelotón de fusilamiento. Tiene los ojos vendados y seis fusileros le apuntan con sus armas. Aguardan a que el sargento español dé la orden.

“Apunten, disparen, ¡fuego!”.

Las balas salen en cámara lenta y se dirigen perezosamente al cuerpo de Maza. Una a una van entrando por diferentes puntos de su pecho y la sangre brota a borbotones sobre su sucia camisa, pero a medida que fluye se convierte en rosas rojas. Maza lanza un grito desesperado: “¡Ayyyyyyyyyyyyyyy!

Volvemos a la celda, está teniendo una pesadilla. Se despierta y al igual que en el sueño, allí está su carcelero mirándolo. La escena del comienzo del sueño se repite.

“¿Qué pasa?”, pregunta Maza.

“Llegó la hora”, le contesta.

“¿La hora de qué?”

“De cambiarle de celda”.

“¿Por qué?”

“Le han perdonado la vida, ya no tiene por qué estar en la celda de los condenados a muerte”.

El carcelero le cuenta a Maza, mientras lo conduce  a la otra celda, que varias familias españolas intercedieron por su vida, aduciendo que gracias a él habían logrado comer durante la ocupación patriota de Caracas, pero que todo lo que habían logrado era conmutarle la pena de muerte por cadena perpetua.

Maza entra a su nueva celda, es más espaciosa y tiene una pequeña mesa con una palangana y agua limpia para lavarse las manos y la cara. También hay un pequeño espejo, donde Maza se mira y parece no reconocerse. Ya no es ni sombra del joven fuerte y aguerrido que saliera lleno de ilusiones a combatir por la patria. Se lava la cara lentamente y vemos como las gotas de agua escurren una a una por su rostro. El carcelero lo mira con una mirada fría e impenetrable. Maza se voltea y le dice:

“¿Podría pedirle un favor?”

“¿De qué se trata?”

“Necesito algo qué leer, un libro sobre cualquier tema que sirva para distraerme en estas horas eternas”.

El carcelero lo mira displicente y sale de la celda. Maza se acaba de lavar, se seca con su misma camisa y se recuesta en el catre. Tiene los pies descalzos y las plantas cuarteadas, como una tierra que ha sufrido una larga sequía. La noche es tibia y lluviosa y por la ventana entra el resplandor de uno que otro relámpago. Maza mira hacia el blanco techo y allí empieza a ver escenas de las batallas ganadas y perdidas, hasta que se queda dormido.

Amanece y escucha los gallos cantar en la lejanía. Se escuchan pasos afuera de su celda. El carcelero asoma la cabeza por la rejilla para inspeccionarlo. Maza se sienta en el catre y lo mira con aire interrogante.

“Respecto a lo del libro”, dice el hombre, “el sargento Brito le manda a decir que esto es una cárcel y no una biblioteca, y que nuestra misión es castigarlo, no entretenerlo. De todos modos, así hubiera aprobado su petición,  aquí no hay ningún libro”.

Maza suelta la carcajada. Se ríe como un  loco. Oímos lo que piensa: “Esto es lo más divertido que ha oído mientras he estado en cautiverio y que además me recuerda la lógica de mi tía Evangelina, que solía decir acerca de su anciana ama de llaves, cuando yo llegaba a su casa de visita: ‘Es que Isabelita es sorda y no le gusta abrir la puerta’”. Maza le dice al carcelero:

“Dígale a su sargento Brito que es el mismo caso de Isabelita, no abría la puerta porque era sorda y no oía cuando golpeaban, no porque no le gustara abrirla”.

El carcelero abre unos ojos inmensos y hace una seña con el dedo de que Maza se está enloqueciendo.


Capítulo X

Camino con pesadez, metro a metro, la distancia que me separa del río al cobertizo que nos sirve de refugio. Como el Maza de la película, me empiezo a sentir encarcelado y sin posibilidades de escape. Me siento incapaz de admirar la belleza de la selva, los atardeceres rojos, el vuelo multicolor de las guacamayas. Todo esto ha sido reemplazado por el sentimiento de desesperanza e impotencia, de no saber dónde estoy o si voy a salir vivo de aquí. Me parece que la selva me vigila con sus ojos ocultos y que cada paso que doy está siendo anotado en un libro de hojas verdes y que pronto pasaré a ser parte de la selva y que en mis restos crecerá algún bejuco o si tengo suerte  tal vez le sirva de alimento a una orquídea silvestre. Me imagino que todo el mundo pensará que Consuelo y yo ya estamos muertos y que como en la Vorágine dirán: “se los devoró la selva” o algo por el estilo. Sé que en mi casa seguirán rezando por mí y espero que en algún rincón del universo Dios tenga prendida su radio en la estación “Planeta Tierra” y escuche que una voz angustiada le dice que nos deje salir de aquí con vida. La verdad es que yo no estaba preparado para esto. Lo máximo que había hecho en mi vida para alimentarme era abrir una lata de sardinas, pero capturarlas y meterlas en una lata es otro negocio.

Es así que me dispongo a llegar con el rabo de la impotencia entre las piernas del desespero para decirle a Consuelo que lo único que pesqué fue una caída, cuando de pronto me cae la inspiración del cielo. De un hueco en la tierra veo que entra y sale una nube de hormigas voladoras a un túnel subterráneo y me acuerdo de las famosas hormigas culonas que comían nuestros ancestros guanes en Santander. Sin pensarlo dos veces, me despojo de la camiseta, le hago un nudo por un lado como si fuera un talego y la coloco en la boca del hormiguero. En menos de lo que canta un gallo he pescado cientos de hormigas sin carnada y sin meterme al agua. Cierro el otro extremo de la camiseta y me alejo de allí como alma que lleva el diablo antes de que las hormigas decidan comerme a mí también.

Deben pesar por lo menos una libra y son proteína viva que de algo nos ha de servir. De regreso al cobertizo, veo que Consuelo aún no está de vuelta, así que decido esperarla con una sorpresa y una por una, limpio las hormigas de alas y patas y las pongo a freír en dos biblias y un poco de aceite. Cuando están listas, les añado un poco de sal y pruebo el primer bocado. Me saben simplemente a gloria. Veremos qué dice Consuelo cuando llegue de mis habilidades culinarias. Con una libra diaria de hormigas que consiga, es como si consiguiera una libra de carne y de algo nos ha de servir. “Cuentas de lechera”, me digo, ¿acaso va  a haber hormigas siempre en ese hueco? Tal vez me vaya mejor con la pesca la próxima vez, porque no me veo cazando nada. Nunca me comería un mono y y detesto la carne de ave, además de que no tenemos con qué cazar ni una cotorra.

En la distancia veo la figura de Consuelo que se asoma por entre la manigua. Camina pausadamente y parece cargar una bolsa pesada. ¿Sería que le fue mejor que a mí? Salgo a su encuentro y veo que en efecto, tiene una mochila completamente llena de algo que le ha sacado de sus entrañas a la selva. La interrogo con la mirada. Ella trae una sonrisa de oreja a oreja.

“Conseguí muchos frutos silvestres, son deliciosos”, me dice mostrándome unas pepas, mientras que de su interior saca un polvo blanco que me da a probar.

“Me sabe como a leche en polvo, ¿cómo los conseguiste?”

“Suerte de principiante”, me contesta evadiendo la pregunta. “Pero hay cantidades selva adentro y creo que nos van a ser útiles.

“A mí tampoco me fue mal, te tengo una comida gourmet”.

“¿Un buen bocachico?”

“Mejor que eso, hormigas culonas”, digo mostrándole mi exquisito manjar.

Consuelo hace un gesto de asco. “Primero me comería una lagartija viva que comerme una hormiga”, y añade en todo de burla, “¿y qué hay de sobremesa, helado de lombrices?”

Ignoro su ironía y trato de averiguar más acerca de sus frutos, pero ella se muestra sospechosamente evasiva. Sin embargo, sé que no nos moriremos de hambre si seguimos consiguiendo esos bocados extraños que nos da la selva.

Pasan las horas, la noche se aproxima y los ruidos de la selva se nos empiezan a colar por todos los sentidos, nos cosquillean por la piel, nos palpitan corazón arriba, se nos meten por la nariz y nos ponen a vibrar a su ritmo. Sin siquiera darnos cuenta, hemos dejado de temerle a la selva, la selva no nos está devorando, nos estamos volviendo parte de ella.

Nos metemos en nuestras hamacas para librarnos de los mosquitos, y Consuelo, con su disciplina infinita, anota en su diario los pormenores del día, mientras que yo trató de sintonizar la emisora que nos diga si todavía estamos vivos para el mundo de afuera. Ni una palabra escucho. Hemos dejado de existir. Sin embargo, para no perder la esperanza, sigo pasando emisoras…mientras duren las pilas. Las noticias anuncian un festival de música llanera y que los narcotraficantes están destruyendo la selva. En ésas estoy, cuando oigo que Consuelo me dice:

“¿Y sí se enloqueció?”

No entiendo su pregunta y le contesto, “¿quién, yo?”

“No, tu amigo Maza, el de la película”.

Eso me recuerda que es hora de volver a la cárcel y ver qué está haciendo Maza.


Capítulo XI

La luz de la luna ilumina su celda. Maza, dormido en su catre, se retuerce intranquilo. Se escuchan unos golpecillos que parecen provenir de su puerta. Maza se despierta y se incorpora rápidamente. Por entre la reja ve una mano que sostiene una totuma, y escucha una voz que le dice:

“Le traje esto, tómeselo”.

Maza se acerca con desconfianza y alcanzamos a ver el rostro vigilante de su carcelero, quien mira a lado y lado del corredor. Maza estira la mano y recibe la totuma. Huele su contenido y se saborea.

“¡Aguardiente!”, exclama. “Gracias por traerlo”, dice mientras se apura de un sorbo la totumada del preciado líquido y por su expresión vemos que le sabe a gloria. Le devuelve la totuma al carcelero, éste le dice: “Si tengo suerte mañana le traeré una botella”, y desaparece tras las sombras de la noche.

Maza vuelve a su catre, se acuesta y mira al techo. Escuchamos lo que medita:

“Extraña acción de este hombre. Por su acento sé que es venezolano, pero no sé por qué coopera con los chapetones, aunque parece que en su corazón se asoma un rayo de dignidad o de vergüenza. Tendré qué averiguarlo, puede que él sea mi puerta de salida de este tormento, nunca se sabe. Si intento fugarme y fracaso, mi muerte tendrá más sentido que mi vida bajo estas cuatro paredes”.

Maza se queda una vez más dormido. La cámara hace un fade-out y en el fade-in estamos en el patio de la cárcel. Es de día y un par de guardias escoltan a empujones a un par de patriotas presos que acaban de ser capturados. Vemos sus rostros amoratados y sus ropas desgarradas. La cámara toma las botas brillantes de un militar español que se aproxima a ellos, luego hace un paneo hacia arriba y vemos la cara dura cruzada por una cicatriz en la mejilla. Sus subalternos se dirigen a él:

“Sargento Brito”, dice uno de ellos, “este par fue atrapado en la batalla de Mosquiteros. Tomás Boves tiene a esta plaga en retirada, la mayoría de los subversivos fueron dados de baja, sólo quedaron este par de desgraciados”.

El sargento los mira con desprecio y se acerca lentamente a ellos. Cuando está como a un metro de distancia, escupe en sus caras y se ríe, luego exclama: “Mañana a esta hora estaréis como ratas implorando clemencia por vuestras vidas”.

La cámara se eleva lentamente hasta que el patio de la prisión se vuelve una imagen diminuta en la distancia y a medida que sube, vemos el sol recorriendo rápidamente el horizonte, hasta ponerse y llegar la noche.

Estamos de nuevo en la celda de Maza, pero esta vez no duerme, sino que mira constantemente la reja de su puerta. Un violento aguacero inunda la noche y el resplandor de los relámpagos ilumina la cara ansiosa de Maza. Se sienten unos pasos que avanzan sigilosamente y la cámara enfoca al carcelero, quien botella en mano, se aproxima a la celda de Maza. Del cinto saca unas pesadas llaves y vemos como una de ellas se introduce en la cerradura. La puerta cruje al ser abierta, pero el ruido de la lluvia ahoga un poco el sonido. El hombre trae esta vez dos totumas y le ofrece una a Maza, mientras vierte en ella parte del contenido de la botella. Esta vez, Maza saborea el líquido y hace buches con él, moviendo de lado a lado la boca.

“No sólo anima el espíritu, sino que desinfecta la boca. Tengo una muela que me está matando del dolor”, dice Maza a la vez que lanza un escupitajo contra el piso de tierra. Luego se bebe la totumada sin parar siquiera para respirar. Después, mira al carcelero fijamente a los ojos, dice: “No está malo este aguardiente, podría beber por días sin parar para compensar por todas las botellas que he faltado en esta celda, y seguramente seguiría tan sobrio como si estuviera bebiendo agua”. Le extiende la totuma al hombre, quien se la rellena y antes de llevársela de nuevo a la boca le dice:

“Usted es venezolano, ¿no es cierto? ¿Qué mierda hace trabajando para estos invasores?”

El carcelero agacha la cabeza. Es un hombre joven, de veinte o veintitrés años, de piel cobriza y ojos claros. Parece un poco nervioso. Toma la botella y se sirve en su propia totuma, apura un sorbo y después se toma la totuma entera y dice:

“Yo también estuve un día encerrado en esta celda. Fui hecho prisionero en la Batalla de Mérida”.

“¿Peleó usted al lado del Libertador Bolívar?”

“Me hubiera gustado. Yo era el cocinero. Usted sabe, hasta Bolívar tenía un cocinero”.

“¿Y cuál era el plato favorito de Bolívar?”

El hombre lo mira por un instante, parece dudar, finalmente sonríe y responde: “El plato que más le gustaba era uno que estuviera bien lleno”.

Ambos hombres se ríen y chocan sus totumas en un brindis.

Hay una pausa, vemos la cara del venezolano en una toma desde el hombro de Maza, tiene en su rostro una sonrisa adolorida, se nota que el aguardiente le está haciendo efecto. Estira su mano derecha para presentarse, y Maza se la estrecha.

“Me llamo José Luis Moreno, en verdad estoy aquí contra mi voluntad. Me dieron a escoger entre esto y la muerte cuando vieron que yo de armas no sabía nada y que sólo era un cocinero. Les mentí, les dije que me habían reclutado a la fuerza, pero que con gusto trabajaría para ellos…”

“¿No ha soñado con escapar de este infierno?”

“No tengo a dónde ir y si me cogen, me pasarían inmediatamente al paredón. Por menos he visto fusilar a muchos hombres en esta misma cárcel. La vida de un criollo a los ojos de un español vale menos que la vida de un perro…”

Maza cierra los ojos y a través de sus recuerdos vemos un campo de batalla donde hay cientos de cuerpos tendidos. Los chulos están ya devorando algunos de los cadáveres. Un hombre se arrastra en agonía y deja tras de sí una estela de sangre. Maza abre los ojos y dice:

“Ese Boves, más que comerciante era un carnicero. Lo enfrentamos en desigual batalla. Aunque era peninsular se había criado aquí en Venezuela y había aprendido los hábitos de los llaneros. Operaba en la villa de Calabozo, a donde había sido desterrado como castigo por crímenes que había cometido. Decía que era comerciante, pero en verdad era un contrabandista de ganado. Reclutó un ejército de indios y de negros y les habló de rebelión y de que pelearían por sus derechos que habían sido pisoteados por siglos. Los esclavos, emancipados, lo siguieron como si fuera Moisés llevando a los israelitas a la tierra prometida. Los indios que no aguantaban más vejaciones pronto engrosaron también su ejército. Era el grupo de llaneros más aguerrido que soldado alguno hubiera puesto a combatir…pero no por la causa de la independencia sino en contra de la misma. Aunque él no alegaba lealtad a Fernando Séptimo, de hecho era su más fiel servidor”.

El carcelero sirve un par más de totumadas de aguardiente y asiente con la cabeza.

Maza continúa su relato:

“Lo apodaban ‘El León de los Llanos’, el ‘Taita’ y el ‘Urogallo’, tenía tantas nombres como caras, y todas eran sanguinarias. Cuando Bolívar me nombró jefe militar de Caracas, pensamos que la independencia ya estaba ganada. Nunca habíamos oído su nombre, hasta que nos llegó noticia de que avanzaba con un gran ejército para tomarse la ciudad”.

“¿Usted enfrentó a Boves”?, pregunta el carcelero con ojos intrigados. “Algún día le contaré también lo que sé de su historia”.

“Fue una batalla desigual”, continúa Maza, “nosotros éramos quinientos y ellos eran miles, pero le logramos cubrir la retirada al Libertador. Yo logré escaparme, pero me capturaron más tarde. Por suerte no fue Boves el que me capturó, o me habría desollado vivo”.

Maza arrima la totuma a los labios y cierra los ojos. “Fui testigo de actos de sangre tan inhumanos que le harían hervir la sangre a cualquier cristiano”. 

Estamos ahora en un campo de batalla, donde sólo hay desolación y muerte. Maza, herido se esconde entre unos espesos matorrales y desde allí divisa a Boves, quien personalmente está rematando los heridos que encuentra a su paso.

“Comandante Boves”, le dice uno de sus hombres que se aproxima trayendo a la fuerza a un joven de unos 16 ó 17 años, “este joven pide que le perdonemos la vida a su padre, que es ya viejo y está herido”.

Boves mira al joven con una mirada de águila asesina. Su pelo negro y rizado le cubre la frente y viste un traje de oficial, mientras que sus hombres apenas van descalzos y descamisados. Se le acerca y le agarra la cabeza entre las manos, le pregunta:

“¿Estarías dispuesto a soportar cualquier dolor sin quejarte para salvar a tu padre?”

El joven logra levantar la cabeza altivo y responde: “Sí, estoy dispuesto”.

Boves saca un afilado cuchillo de su cinto y de un tajo le cercena una oreja. Un chorro de sangre rueda por la mejilla del joven, pero de su boca no sale ni un lamento. Boves arroja la oreja al suelo y de otro tajo le cercena la otra. Les dice a sus hombres que guarden silencio. El joven tiene un gran gesto de dolor pero no deja escapar ningún quejido.

Boves arroja con rabia la otra oreja al piso y la pisotea.

“¡Mátenlos a los dos!”, da la orden.

“¿Por qué, si pasó la prueba?”, pregunta uno de sus hombres.

Boves contesta: “Por eso mismo, tiene tanto valor, que mañana puede convertirse en nuestro verdugo”.

Maza abre los ojos y le dice al carcelero:

“De eso y más fui testigo. Algún día habré de vengar los crímenes de Boves y de todos los españoles que nos vienen masacrando como si fuésemos ovejas que llevan al matadero. Cometieron un grave error al no matarme. He visto personalmente sus horrores y no he de perdonarles”.

Los dos hombres terminan la botella de aguardiente, mientras los primeros rayos del día empiezan a iluminar la celda.

 


Capítulo XII

He vuelto al agujero de donde salían las hormigas, pero todas han desaparecido. Uno de esos misterios de la selva que no puedo descifrar. Hasta ahí llegaron mis planes de obtener proteína de las entrañas de la tierra. He descubierto un caño que llega al río Inírida y he decidido seguirlo para explorar un poco nuestro entorno, tal vez sea más fácil pescar allí, ya que el agua no es tan profunda ni la corriente tan rápida como la del río. Sigo teniendo la sensación de que decenas de ojos me vigilan, tal vez me esté volviendo paranoico o esta soledad de la selva me esté empezando a enloquecer. Tengo tantas picaduras de mosquitos por todo el cuerpo, que creo que me han dejado de picar al no encontrar piel fresca dónde clavar su ponzoña. Consuelo sigue trayendo fruta de la selva y me parece muy extraño que tenga tanto éxito cuando yo lo único que he podido cazar fue una manotada de hormigas. He observado algunas abejas que chupando néctar de flores exóticas y de colores brillantes. Si pudiera seguirlas y encontrar el panal, tal vez podría conseguir un poco de miel para endulzar el poco café que ya nos queda, pues el azúcar se agotó por completo. Pero se necesitaría ser mago para seguir a una abeja por la selva, tal vez con un poco de suerte me tope algún día con el panal.

A la orilla del caño veo que un animal se mueve, saco mi cuchillo de cazador y me alisto a defenderme o a atacarlo, tal vez sea algo comestible para nuestra menguada despensa. Avanzo sigiloso, como gato de monte y lo veo. Es el sapo más grande que he visto en mi vida, debe pesar como dos o tres libras. Si no delato mi presencia, tal vez podamos esta noche carne de sapo…le diré a Consuelo que era una liebre silvestre para que no le dé asco…aunque quién sabe si por aquí haya liebres. Me acerco lentamente, levanto el cuchillo y estoy listo a clavárselo, cuando una rama cruje debajo de mi pie derecho. El sapo da un salto olímpico y desaparece de mis vista debajo del agua, donde veo unos peces pequeños nadando alegremente. Son tan diminutos que no servirían ni para alimentar a un gato. Definitivamente la suerte no me acompaña, tengo ya tanta hambre que me comería hasta una culebra…si es que ella no me come a mí primero. Me devuelvo caño arriba, esperando no perderme. Aunque sé que no caminé por más de diez minutos, la vía de vuelta me parece diferente y quince minutos más tarde, el río no aparece por ninguna parte. No entiendo cómo pude haber tomado la dirección equivocada o tal vez me metí por el caño que no era. Trato de no desesperarme, pero tres horas más tarde tengo que aceptar lo inaceptable: estoy perdido. Todo lo que tengo es un encendedor para hacer fuego y el cuchillo de caza, además de mi reloj de pulsera. En un par de horas caerá la noche y entonces estaré a la merced de cualquier animal nocturno que ande buscando al animal más inepto para convertirlo en su cena y creo que seré un buen candidato para ello. De alguna manera tengo que fabricarme un cambuche para guarecerme de la noche y de los elementos. A duras penas trepo a un árbol para cortar algunas ramas para fabricar un enramado, pero en el intento una rama se rompe y caigo al vacío. El mundo a mi alrededor se torna completamente negro.

No sé cuánto tiempo ha pasado, pero me despierto con el cuerpo maltrecho. Llueve intensamente, pero la lluvia no me moja. Me toco el cuerpo y no siento que me haya partido ningún hueso. Trato de ponerme en pie y el dolor del tobillo derecho me hace acostar de nuevo. Lo siento hinchado por el golpe que debí haber sufrido en la caída. Los primeros rayos de luz empiezan a aclarar el día. La lluvia resbala a mi lado y alcanzo a distinguir un techo perfecto de hojas secas entrecruzadas que me protege de la lluvia. Me toco el tobillo y para mi sorpresa está cubierto por un vendaje de hojas en el sitio adolorido. Me quedo de nuevo dormido y los espíritus nocturnos de mis primeros días de selva, regresan a mis sueños, esta vez con una diferencia, los sueños son incluso más intensos. En mi sueño doy un salto y descubro que puedo volar, agito los brazos como alas y la gente me mira sorprendida, floto por encima de edificios y ciudades hasta llegar a la selva. Sigo el curso del río que siguió nuestro fallido avión y veo la pista donde aterrizamos, y en un extremo de la misma me veo a mí mismo acostado bajo un cobertizo de ramas y hojas secas. Un indígena me reza y cubre mi cuerpo adolorido con una mezcla de hojas que machaca en un mortero con una piedra. De una cesta saca lo que parece ser una torta gigantesca de harina y cuatro pescados secos y los deposita a mi lado. Hay otros tres hombres con él, están semidesnudos y llevan el rostro pintado con colores de la selva. Charlan entre sí y luego se alejan sigilosamente para perderse selva adentro.

Me despierto, como el que se despierta de un mal sueño, siento un sabor agrio en la boca. No sé si todo esto fue un sueño o una pesadilla. Me siento desorientado. Alguien me pone unas gotas de agua en la boca, ¿los indígenas del sueño?

“Ricardo, ¿estás bien?” Es la voz de Consuelo. La miro tratando de entender lo que ha sucedido.

“Me caí de un árbol y no sé cómo me arrastré hasta aquí. También me soñé que unos indígenas me cuidaban y me dejaban comida a mi lado…”

“¿Te refieres a estas tortas de casava y a este pescado seco?”

Me reclino y veo que un techo de ramas me cubre y que un lecho de hojas secas me sirve de cama. A mi lado veo la comida del sueño. ¡Después de todo, no era un sueño! Mi tobillo ya no siente tan mal, fuera de dejarme comida me curaron la hinchazón y el dolor. De pronto todo comienza a tener sentido. Los ruidos inexplicables cuando pescaba, la sensación de que decenas de ojos me miraban…¡todo el tiempo un grupo de indígenas nos había estado acompañando, sin nosotros saberlo!

Rengueando un poco regreso al cobertizo y me acuesto en la hamaca. Como un buen pedazo del pescado seco envuelto en la torta de casave y me saben a gloria. Consuelo me trae más de sus frutas silvestres y me mira con ojos apenados.

“Tengo algo para confesar. Las frutas yo no las recogí. Cada vez que salía a buscar, me estaban esperando, muy ordenaditas a la sombra de un árbol”.

“Eso es lo de menos”, le digo, “tenemos que contactar a este grupo indígena de alguna manera. Son nuestra tabla de salvación para escapar de esta selva”.

“Tal vez ellos no quieran entrar en contacto con nosotros y por eso es que no se dejan ver”, me dice Consuelo, “pero podríamos dejar un regalo para ellos, así como ellos han dejado algo para nosotros”.

La idea no me parece mal, lo difícil es saber qué tenemos nosotros para ofrecerles a ellos y que les sirva de algo. Examinamos nuestras escasas pertenencias, una a una y finalmente seleccionamos tres cosas que tal vez les puedan interesar: una olla que tenemos de sobra, una pequeña navaja y finalmente, Consuelo insiste en que tratemos también con un  pequeño frasco de perfume. Rechazo la idea del perfume, pues pienso que si se lo toman creyendo que es una bebida, se van a enfermar o morir y hasta ahí llegará nuestra amistad…si no es que deciden deshacerse de nosotros. Finalmente nos transamos por una pañoleta untada de perfume que no se prestará de ningún modo a confusiones. Consuelo decide que dejará los objetos en el mismo sitio donde recoge la fruta cada mañana. Ya veremos qué sorpresa nos depara este intercambio de presentes.


Capítulo XIII

Dos soldados conducen a Maza por un patio empedrado al que miran todas las celdas de la improvisada cárcel donde los españoles han recluido a los patriotas. Maza parece decaído. Las semanas de confinamiento y seguramente, la mala alimentación, lo hacen ver más delgado. Arrastra sus pies descalzos con rabia. Los guardias lo miran con desprecio. En un extremo del patio se escucha el rugir de un látigo y los sordos quejidos de dos hombres que están siendo azotados. Son los dos patriotas capturados que vimos anteriormente. Sus espaldas son masas sanguinolentas y el sargento Brito mira con complacencia cada golpe del látigo que desgarra una tira de piel y cada gota de sangre que brota tiñendo de rojo la tierra. Tiene la cara de una hiena que se llena el estómago con los despojos de su presa y la satisfacción de un zopilote que arranca pedazos de carne de una carroña a la vera del camino.

Maza mira en dirección al horrendo espectáculo, va a pasar, encadenado como está,  a un par de metros de aquellos hombres que seguramente morirán por los azotes. Sus dos escoltas saludan al sargento y lo llaman por su nombre, “Sargento Brito”. Vemos un primer plano de la cara de Maza, sus ojos se iluminan, mira fijamente a Brito y la cara del sargento se metamorfosea ante sus ojos para convertirse en el rostro del mismo Boves. En su mano derecha ve un cuchillo y en la izquierda una oreja recién cercenada. Con la fuerza de un Hércules, Maza manda al suelo a sus escoltas y como un toro de lidia se lanza a embestir al que cree que es su odiado Boves. El sargento Brito ve a avanzar a Maza en cámara lenta. Sus pies sobre la piedra levantan polvo a cada paso. Brito retrocede un paso para tratar de evitarlo, pero ya es demasiado tarde. La cabeza de Maza choca con violencia contra el pecho de Boves y éste sale despedido también en cámara lenta. Se levanta por los aires y va a parar contra una baranda que está a sus espaldas. Allí da media vuelta y su cuerpo queda clavado en un barril de donde toman agua los caballos, el cual se parte en dos. El hombre queda atontado en el piso, mientras que aparecen guardias españoles por las cuatro esquinas del patio y se abalanzan contra Maza. Como si fuera un gladiador, las cadenas que lo atan se convierten en látigos de hierro y vemos caer español tras español con la cabeza partida bajo el peso de su furia. Finalmente un gigantón logra agarrarlo por detrás y derribarlo, mientas cuatro guardias más se le sientan encima y lo golpean sin misericordia. El par de patriotas heridos han caído al suelo agonizantes y observan cómo aquel hombre de fuerza descomunal que ha tratado de salvarlos yace finalmente inconciente, bañado en su propia sangre.

Brito se levanta lentamente y ve borrosamente la escena del sometimiento de Maza. Lanza un escupitajo de sangre al suelo junto con algunos dientes que ha perdido. Su brillante uniforme ahora parece embarrado y sangriento. Desenvaina su espada y se acerca a Maza para darle la estocada de la muerte. Vemos la espada que desciende con su filo brillante, lista a penetrar el cuello de Maza indefenso que yace en el suelo. Cuando su punta roza el cuello, el sargento cae de espaldas desmayado.

La escena se queda estática y la luz del día desaparece lentamente. Cuando la escena se ilumina de nuevo, vemos que Maza ahora ocupa el sitio que ocupaban los patriotas a quienes les salvara la vida de los azotes mortales que les estaban propinando. Maza está amarrado a un poste vertical, como un Cristo, con los brazos extendidos, amarrados a otro poste horizontal y su espalda desnuda se ve sudorosa y mugrienta al sol del mediodía.

El sargento Brito, lo mira con desprecio. Tiene la cara hinchada y un ojo amoratado y hace rechinar un látigo que pasa a pocos centímetros de la piel de Maza.

A su lado está el carcelero, de Maza, el venezolano Moreno. Brito le tiende el látigo y le dice:

“Aquí tenéis la oportunidad de comprobar que no eres un criollo de mierda y que sí le eres fiel a la Corona. Podéis empezar con los doscientos azotes”.

Moreno coge el látigo en sus manos, mira a Brito y a los demás soldados españoles que a su vez clavan en él la mirada.  El compañero de tragos de Maza, ahora tiene qué convertirse en su torturador. Retrocede un par de pasos, hace chasquear el látigo en el aire y el mismo desciende después con violencia sobre la piel de Maza, dejando una estría de sangre a su paso. Brito sonríe complacido mientras Moreno levanta de nuevo el látigo, la cámara enfoca a Brito, quien dice:

“A golpe de látigo hemos castrado a más de uno y si se os va la mano, no os lo reprocharemos”, su sonrisa se torna en una carcajada. La cámara enfoca el suelo de piedra que empieza a teñirse de rojo, y la escena se disuelve en una gigantesca mancha roja que llena la pantalla, esta mancha a su vez se disuelve a la cara de Maza, quien está con los ojos cerrados y con un gesto de dolor en sus labios. Él está reviviendo el día que vio a los españoles asesinar al zapatero al frente de su casa y contempla la mancha de sangre que quedó en la calle. La escena de la sangre del zapatero se superpone a la escena de la sangre de Maza cayendo al suelo y ambas manchas de sangre se vuelven una sola. Maza pierde entonces el conocimiento.


Capítulo XIV

He limpiado cuidadosamente con alcohol las cosas que vamos a dejar junto al árbol donde Consuelo recibe las frutas cada mañana. No quiero que por accidente vayamos a contaminar con alguno de nuestros gérmenes a nuestros benefactores.  Mi pie amaneció milagrosamente mejor y ya puedo caminar con sólo un leve dolor. La hinchazón ha disminuido, y toda la noche estuve pensando que si logramos entrar en contacto con los indígenas, tal vez nos sirvan de guías para salir de este laberinto. Anoche escuché un poco la radio. Sintonicé la estación de Villavicencio y escuché una noticia que me hizo sentir enterrado en vida: “Se ha cumplido un mes desde el trágico accidente en que perdieron la vida el piloto y los dos pasajeros del avión…” ¡Habían confirmado nuestra muerte! Entre tanto, Consuelo y yo, como muertos vivos, seguíamos tratando de sobrevivir para salir de aquel rincón de la manigua donde el destino había decidido que tendríamos nuestra tumba. La noticia hizo que me entrara el desespero, no todos los días anuncian por la radio que uno está muerto. ¿Qué debíamos hacer? ¿Cavar nuestra propia tumba y enterrarnos para que la noticia fuera cierta? No pude seguir escuchando y me cambié a una emisora brasileña. Después de Chico Buarque tocaron una canción de Manu Chao que me devolvió un poco el espíritu, aunque no entendía la letra, pues estaba en portugués, me encantaba la melodía. La había escuchado en Bogotá un par de veces, pero oírla en plena selva era algo tan surrealista como tener ventana y carecer de paredes.

Ya que el sitio donde Consuelo recibía las frutas no estaba muy lejos, decidí acompañarla y me fui rengueando, pero con la esperanza de que éste sería el principio del final de nuestra muerte anunciada. Nos adentramos unos doscientos metros en la selva por un laberinto de árboles, lianas y pequeñas corrientes de agua que corrían aquí y allá. Algunos monos aullaban fuera del alcance de nuestra vista y yo andaba atento, no fuera que nos tropezáramos con alguna de esas culebras de mordedura venenosa. ¡Sería lo último que le faltaba a mi pie adolorido! Cuando pensaba que ya no podía seguir más pues los recuerdos de la caída me empezaban a doler, llegamos a un claro en la selva y en medio del mismo apareció como por encanto una laguna esplendorosa. Estaba rodeada de árboles gigantescos y a la sombra de uno de ellos, perfectamente ordenadas reposaban docenas de frutas de formas y tamaños variados. Consuelo las depositó con cuidado en el morral, colocando las de cáscara más fuerte en el fondo para que no se fueran a maltratar, mientras que yo colocaba en el mismo sitio nuestros regalos. Empezaba a soplar un viento extraño y para que la pañoleta no se fuera volando, le puse encima un pedazo de tronco partido que encontré cerca.

“Nunca me contaste de este paraíso perdido”, le dije a Consuelo, refiriéndome a la laguna.

“Lo siento, es que no quería que supieras mi secreto. No sabes lo tonta que me siento”, me contestó bajando la vista.

Luego nos acercamos a la laguna. Eran las aguas más cristalinas que hubiera visto nunca, muy diferentes a las del río color chocolate de donde no pude sacar ningún pez. No lo pensamos dos veces, era una invitación de la selva y como no queríamos ofenderla, nos quitamos la ropa y así no más, nos sumergimos en sus aguas. Me sorprendí que Consuelo finalmente hubiera perdido su timidez, tal vez era el milagro de la selva. Nadamos y retozamos como dos niños chiquitos, inconcientes por un rato de nuestra mutua desnudez. Vi los pezones erguidos de Consuelo y un no sé qué me recorrió por un sí sé dónde, sin embargo a esta altura éramos como un par de hermanos unidos por un muto destino que nunca habíamos esperado. Chapoteamos un poco más y nos olvidamos por unos instantes de que estábamos manigua adentro, muertos para el mundo exterior y en la primera fila del desespero. Salimos de la laguna para vestirnos y calladamente, ella se puso su ropa y yo la mía, rompiendo el tabú de los cuerpos desnudos, a pesar de que entre nosotros no había ni habría nada. De pronto notamos que dos de nuestros regalos habían desaparecido mientras nos bañábamos: la pañoleta y la navaja. La olla todavía estaba allí. Nos acercamos a mirarla y para nuestra sorpresa, estaba llena de una sopa con exquisito olor a pescado. Nos picó aún más la curiosidad acerca de la identidad de nuestros ocultos benefactores. Allí mismo probamos la sopa, con la certeza de que nos estaban observando y de que sería un buen gesto mostrar que la aceptábamos con gusto. Entonces sentí un frío que me recorría todo el cuerpo, pero no era por la sopa.

“¿Será que me estoy enloqueciendo o será verdad que la selva en vez de calentarse se está enfriando?”, le pregunté a Consuelo para ver si ella sentía lo mismo que yo estaba sintiendo.

“Tal vez es tu imaginación”, me dijo, “porque yo no siento nada, además esta sopa me ha devuelto el alma al cuerpo, ya sé que no nos moriremos de hambre”.  Después de esto, emprendimos nuestro viaje de vuelta al cobertizo que no servía de refugio, sin siquiera sospechar la nueva sorpresa que nos esperaba.


Capítulo XV

 

“Yo también conocí por otras fuentes la historia de Boves, su nombre era José Tomás Rodríguez Boves y dicen por ahí que había llegado en la misma goleta en que había llegado el sabio Humbolt. A su padre lo llamaban el “Urogallo”, apodo que heredó el hijo; seducía a las mujeres con su canto, porque según cuentan, tenía una hermosa voz, y de cantar tan bonito no se dio cuenta cuando un marido celoso le clavó un puñal en plena espalda. Así fue como él quedó huérfano a los cinco años y su madre de señora, pasó a ser sirvienta de otros. Aprendió el oficio del mar y llegó a Puerto Cabello, siendo un mozalbete”.

Estamos en la celda de Maza y Moreno le coloca con cuidado unas hierbas medicinales en sus heridas supurantes de la espalda, la cual semeja una llaga gigantesca. “Allí lo nombraron guardamarinas de su Majestad, gracias a que un asturiano, amigo de la familia decidió ayudarlo. Sin embargo,  la gente de clase alta siempre lo miraba con desprecio porque no era gente culta y se sentía más a gusto entre negros y zambos, de quienes había aprendido su lenguaje. Ninguna mujer de buena familia aceptó sus invitaciones amorosas, lo que fue creando en él un resentimiento. Hasta que le llegó la nefasta noticia”.

Vemos un gesto de dolor en la cara de Maza, quien aprieta los dientes con fuerza.

“Necesito otra totumada de medicina”, le dice a Moreno. Éste estira la mano y de debajo del catre saca una botella de aguardiente y llena la totuma que Maza le extiende.

“Es lo único que me calma estos dolores. No he podido dormir en días y siento como si me hubieran desollado vivo”, dice apurando rápidamente el trago de la totuma. “Mis días aquí están contados, ambos debemos escaparnos de este infierno. Sé que el sargento Brito planea asesinarme. Lo vi en sus ojos de pejesapo y lo escuché en su risa de hiena cada vez que el látigo me fustigaba la espalda”. Maza se queda pensativo un momento, toma otro sorbo y pregunta:

“¿Y cuál fue aquella noticia tan desgraciada que sacudió a aquel miserable?”

“Le llegó una carta de España en la que su madre le decía que como él no mandaba suficiente dinero para el mantenimiento de su familia, una de sus hermanas se había metido de puta. Ahí fue cuando él decidió meterse de contrabandista”.

Maza se retuerce  una vez más del dolor, Moreno escurre los trapos, mitad pus y mitad un líquido de hierbas medicinales en una palangana. Mira a Moreno, comiéndose el dolor, con un  gesto de rabia contenida lista a estallar.

“Será más fácil si nos fugamos juntos, porque si lo hago yo sólo, el que la vas  apagar eres tú, seguramente te echarán la culpa por mi fuga para tener en quién vengarse. No más que me cierren estas heridas, podemos escaparnos. Conozco una casa donde nos darán refugio. Después nos metemos al monte y les será muy difícil encontrarnos”.

Moreno empapa los trapos con un extracto de hierbas de otra palangana, se queda un segundo pensativo y sigue con su relato.

“Hacía rato que lo venían tentando, todo lo que tenía que hacer era dejar entrar naves con contrabando. Y así empezó, dejó pasar una goleta que venía de Curazao cargada de seda y un barcucho proveniente de Aruba con una carga de quesos. En un año ganó más dinero del que hubiera soñado en toda su vida, tanto así, que decidió montar su propio negocio de contrabandista”.

La cámara enfoca a Maza, quien comienza a caer en un sopor hasta quedar dormido, Moreno continúa hablando, como para sí:

“Esta limpieza con agua de palo de cruz y bálsamo de copiava es bendita, ayuda a curar las heridas y la inflamación. En una semana, estos azotes sólo serán un mal recuerdo. Entonces pensaré en lo de la fuga. En el estado en que te encuentras, Hermógenes Maza, no llegaríamos ni a la esquina de la plaza antes de que nos atraparan y nos arrastraran amarrados a la cola de un caballo como si fuéramos animales salvajes; no quedaría de nosotros ni una pulpa sanguinolenta. En una semana es luna nueva y si estás mejor, nos iremos de este calabozo de mierda”.


Capítulo XVI

Por un momento olvidé mi pie adolorido, la magia de la laguna en medio de la selva era suficiente como para curar todos los males del cuerpo y del alma. Sin embargo un escalofrío me recorría el cuerpo. No sabía si me estaba empezando a enfermar de tanta picadura de mosquito o si de verdad estaba haciendo frío. Noté que el viento soplaba un poco más fuerte de lo normal, y que las aves, usualmente bulliciosas, permanecían calladas. Ya empezaba a echarle la culpa a la sopa de nuestros ocultos benefactores , cuando observé en la distancia, parados junto a nuestro cobertizo, las figuras cobrizas de cuatro hombres, vestidos casi como Dios los había traído al mundo, y que aparentemente aguardaban nuestra llegada. Miré a Consuelo con cara de incredulidad y ella me miró a mí con la mandíbula casi dislocada de la sorpresa. Un millón de pensamientos volaron por mi mente en escasos segundos. Como en un partido de ajedrez instantáneo, trataba de prever todas las combinaciones posibles de lo que iba a pasar en este encuentro inevitable. Nos acercamos lentamente,  tratando de sonreír y sin saber exactamente qué decirles, pues no teníamos la más remota idea de si hablaban español. Tenían el pelo cortado al rape y llevaban puestos unos collares brillantes hechos con semillas de la selva. El cuerpo lo tenían cubierto por una tintura roja que seguramente extraían de alguna planta o tal vez de la tierra. No estaban armados pero parecían extremadamente serios. El más alto dio un paso hacia delante cuando llegamos ante ellos y dijo:

“Hare guaicao”.

Consuelo y yo nos miramos, como buscando qué responderle. Como pudimos, tratamos de repetir lo mismo:

“Hare guaicao”, dije yo.

“Hare guaicao”, dijo Consuelo.

El hombre sonrío y miró a sus compañeros, quienes también sonrieron complacidos.

Por algún motivo pensé que habíamos pasado la prueba.

Nos volvió a mirar fijamente y sin pestañear dijo: “Arú”.

Consuelo me miró con cara de buena estudiante y me dijo: “He oído esa palabra antes y creo que quiere decir viento”.

Los cuatro hombres sonrieron de nuevo y el que llevaba la voz cantante dijo:

“No sólo viento. Viento frío. El arú ya llega”.

Me sentí como el personaje de una novela del absurdo y en un segundo vi la película de mi vida pasarme frente a los ojos, como si fuera una cinta de ésas que uno adelanta o retrocede a toda prisa. Allí estábamos, casi con la esperanza perdida de salir vivos de aquella odisea en medio de la selva, y estos cuatro hombres salidos de la nada nos saludaban y nos hablaban de un viento frío. Sentí deseos de invitarlos a nuestro cobertizo y contemplar el paisaje por la ventana para completar la rareza de la situación. Sin embargo les dije:

“¡Gracias a Dios ustedes hablan español! Yo soy Ricardo y ella es Consuelo, y nuestro avión se cayó aquí por accidente. ¿Quiénes son ustedes?”

“Yo soy Tupi”, dijo el hombre, “ellos, mis hermanitos, no hablan la lengua del hombre blanco. Los hemos observado y no saben de la selva. Ya llega el viento frío que todo lo congela”.

“¡El arú!”, exclamó Consuelo, “el viento frío que viene del Brasil y quema las cosechas”.

“Señorita sí sabe de vientos fríos”, dijo Tupi.

Lo miré con más detenimiento. Era alto y delgado, pero su cuerpo parecía estar hecho de músculo en bruto. Tenía una sonrisa irónica y seguramente él había sido uno de los que me había visto caer en el barro cuando intentaba pescar y ahora venían a salvarnos…del arú y de nosotros mismos.

Le señalé los restos del avión quemado y le dije: “Ése era el pájaro metálico en que veníamos, hasta que no pudo volar más, necesitamos volver al sitio de donde vinimos”.

Tupi se río de nuevo, les dijo algo en su lengua a sus “hermanitos”, quienes empezaron a reírse también. Me sentí avergonzado, tal vez había dicho algo que era tabú para ellos.

“Ésta era una pista de hombres con droga y llegaban muchos aviones, hasta que un día se mataron entre sí y todo abandonado. Nosotros fuimos selva adentro  porque nos estaban obligando a trabajar para ellos. Pero colonos vienen río arriba, buscando oro, envenenando el agua, quemando selva y matando animales. Ahora estamos más escondidos”.

“¿Estamos muy lejos de Puerto Milagros?”, preguntó Consuelo.

Tupi volteó la cabeza para hablar con sus “hermanitos”, dialogó con ellos por un par de minutos y contestó:

“Como de aquí a la luna y más fácil llegar a la luna. Hay que ir por el río y allí muchos rápidos y cachiveras. Más adelante colonos armados, después hombres de drogas con fusiles y en medio de ellos ejército que mata y después pregunta, y guerrilla que pregunta y después mata”.

“¿Cuántos días de viaje”, preguntó Consuelo sin dejarse intimidar por lo complicado de la situación.

Tupi dialogó de nuevo con los “hermanitos” y esta vez no pararon de reírse. Pensé que iban a salir volando, impulsados por sus propias carcajadas. Cuando finalmente cesaron, Tupi nos dijo:

“Mañana vendremos por usted y la señorita para ir selva adentro, siete días de frío matan a los blancos, nosotros hemos visto. Hay que cazar otro pájaro como ése”, dijo mirando al avión, “para poder salir de aquí”.

Y diciendo esto, los cuatro hombres, ágiles como gatos monteses, se internaron en la selva y se confundieron con lianas y enredaderas y pronto se volvieron como uno de esos sueños que me golpeaba el alma cada noche: una fantasía que por lo real superaba al sueño, pero un sueño tan fantástico que parecía real. Era nuestro primer contacto humano después de semanas de estar perdidos en el lugar más apartado de la tierra, y sin embargo allí, el espíritu de la selva, vestido en el cuerpo de esos cuatro hombres, venía a protegernos contra la selva misma. La pregunta era, ¿lograríamos algún día salir de allí?


Capítulo XVII

“Llego la hora, quiero salir ya mismo de aquí”, dijo Maza, quien se veía notoriamente recuperado de sus heridas.

Moreno lo miró pensativo. “Ya hay luna nueva y la oscuridad es cómplice de muchas cosas”.

“¿Trajiste la ganzúa?”, le preguntó Maza.

“Aquí la tengo”, le contestó Moreno a la vez que se la sacaba de un bolsillo y empezaba a liberar al teniente coronel granadino de los grillos que ya le estaban sacando llagas en las muñecas por el roce constante.

La celda está iluminada por una sola vela de sebo, lo que les da a los dos hombres una apariencia fantasmagórica. La cámara enfoca a Maza, mientras Moreno termina de liberarlo.

“He esperado esta noche, como el que mira una flor convertirse en fruto para después saborearla y comerla. He contado los pasos que da cada guardia para ir de una esquina a otra del patio y cuando oigamos el paso número cincuenta, saldremos en silencio y nos esconderemos detrás del muro de piedra que divide el patio. En el paso de vuelta, número 24, yo lo desarmo, y tú le quitas las llaves. Mientras tú te diriges con ellas a la puerta de salida, yo me encargo de los otros dos guardias que dormitan cada noche a su lado”.

“¿Y si nos toca matar a alguien?”, pregunta Moreno.

Maza le responde irónicamente: “Seguramente no nos quedaremos para velar el cadáver”.

Vemos a los dos hombres aproximarse a la pesada puerta de madera y escuchar atentos los pasos nocturnos al golpear los tacones de las botas del guardia contra la piedra. Moreno la ha engrasado previamente para que su ruido no los delate. Maza lleva el conteo de los pasos con el ritmo de su cabeza. Levanta una mano, espera, sigue contando y de pronto el ruido de los pasos cambia de ritmo. Maza baja la mano rápidamente y Moreno abre la puerta. Los dos hombres, con Maza a la cabeza, se deslizan como felinos hasta quedar protegidos por la pared que divide el patio. La cámara enfoca al guardia que en ese preciso instante da la vuelta y se dirige al lado donde Maza y Moreno permanecen agazapados, sin saber lo que le espera. En su paso número veinticuatro, contado al ritmo de su mano derecha, Maza sale de su escondite y queda frente a frente con el guardia. Vemos su cara de asombro, no acierta a levantar su arma y abre la boca para dar la voz de alarma, pero Maza, con su poderoso brazo derecho, se lo ahoga de un golpe certero en la garganta. El hombre cae desmayado al piso y siguiendo el plan, Maza captura su fusil y Moreno se apodera de las llaves. El hombre ha hecho un ruido al caer al piso, lo que despierta a los dos guardias, quienes se ponen de pie, ya alertas. Los guardias avanzan en dirección a Maza y Moreno con sus fusiles listos a hacer fuego. Maza espera y le dice a Moreno que se agache. Levanta su arma y de un tiro certero despacha a un guardia y con la cacha del fusil, golpea en la cabeza al segundo guardia quien también cae al piso. Los dos hombres se dirigen de prisa hacia la puerta, pero el resto de la guardia, alertada por el disparo que ha partido en dos la noche, sale de prisa de sus habitaciones que dan al patio y empiezan a prender antorchas.  Moreno abre la puerta, Maza sale de primero y le da una orden que no escuchamos a Moreno.

Moreno, parado en la puerta, grita: “Vengan rápido que se escapa Maza”.

Seis soldados de la guardia vienen corriendo y Moreno apunta en la dirección contraria a la que ha cogido Maza. Los guardias trotan calle arriba, mientras Maza y Moreno, confundidos con la noche, desaparecen calle abajo.

Los dos hombres caminan ahora a paso normal para no despertar sospechas. Van pegados a las paredes de las casas para ser menos visibles.

Moreno pregunta: “Y si no nos dan refugio esta misma noche, ¿qué vamos a hacer?”

Maza sonríe. “Doña Dolores Curvelo de Rochedal es toda una dama, nunca les ha temido a los españoles y para ella sería un honor dar refugio a un patriota, siendo viuda de otro”.

Vemos el rostro de Moreno opacarse aún más en la oscuridad. “No soy un patriota, he sido un vil traidor, tal vez me reconozca y no me deje entrar a su casa”.

“No, si llegas en compañía del teniente coronel Hermógenes Maza. Ella me conoce personalmente y si sabe que tú me ayudaste a escapar te absolverá de todos los pecados que hayas cometido”. 

La cámara nos muestra una toma general de Caracas en la semipenumbra, y corta a los soldados españoles que marchan por las calles empedradas dando voces de: “¡Alto quién vive!” y disparando sus fusiles a las sombras de cualquier rama azotada por el viento.

De vuelta a Maza y a Moreno, los encontramos golpeando quedamente en la aldaba de la puerta del servicio de la casa de doña Dolores. Su respiración es agitada y están sudorosos. En el interior de la casa, el ama de llaves avisa a doña Dolores, quien ya se halla despierta. Ella se asoma al balcón y escucha aquella voz nasal que le es muy familiar:

“Soy yo, Hermógenes, me he fugado de la cárcel y la guardia española nos busca”.

Vemos a la señora descender la escalera. Tiene el pelo negro cogido en una moña, es de mediana edad y se nota que en su juventud fue de una belleza extraordinaria. Abre la puerta y deja entrar a Maza y a Moreno de prisa a su casa. Éstos parecen aliviados. Doña Dolores los hace seguir al comedor y pide al ama de llaves que les prepare algo de comer.

Se sientan a la mesa y Maza le relata sus dieciocho meses de tortura y cautiverio.

“No aguantaba más, sabía que tarde o temprano terminarían fusilándome. Vi cómo torturaban a otros patriotas y después los ejecutaban a la vista de todos, como escarmiento”, dice Maza mientras se apresura a comer del plato que ya está servido en la mesa.

“Desde que mataron a mi marido esos infelices chapetones, juré que serviría como pudiera a la causa revolucionaria, ¡y qué mejor manera que ayudarlo a escapar a usted, que tanto ha hecho por la independencia de Venezuela!”

“Queremos irnos de madrugada, entes de que hayan cerrado las vías de escape”, dice Maza, mientras se sirve otra porción, con un apetito feroz, mientras Moreno apenas prueba bocado.

“¿Van a escaparse juntos?”, inquiere doña Dolores.

Moreno que ha permanecido callado todo el tiempo, finalmente toma la palabra.

“Todo lo que hice, lo hice contra mi voluntad, pero creo que he pagado mi pena ayudando a escapar al teniente coronel Maza. Lo seguiré hasta el final, si me quedó aquí, sé que pagaré con mi vida”.

“Es mejor qué esperen por lo menos un día. Eso les dará tiempo para reponerse y además, no pueden salir con esas ropas que tienen, los identificarían de inmediato”.

“¿Y si vienen a escudriñar esta casa?”, pregunta Maza.

“Hay una puerta secreta que comunica con la casa vecina que está vacía, nunca los encontrarán”.

“Tendremos que disfrazarnos de algo”, dice Maza.

El ama de llaves, que en esos momentos les está sirviendo un vaso de vino, dice:

“Tal vez se podrían disfrazar de sacerdotes, nadie sospecharía de ustedes”.

“Sacerdotes, no está mala la idea. Eso y este vino santo me recuerdan un chiste que escuché en Santafé”, dice Maza, apurando de un solo trago todo el vaso. “Un obispo quiere poner a prueba a sus tres sacerdotes más fieles y los llama a su despacho y les dice:

Romano, bésame la mano, y Romano le besa la mano.

Callejas, bésame las orejas, y Callejas le besa ambas orejas.

Entonces le grita al tercero: Angulo, ¡No te escapes, miserable!”

Maza logra romper la tensión del momento con el chiste que hace reír a todos.

“¡Éste es el Hermógenes que yo me recuerdo, ni en los momentos más difíciles perdía su gran sentido del humor!”, exclama doña Dolores.

La cámara enfoca la botella de vino que ha desaparecido en un santiamén. Finalmente acuerdan que de sacerdotes podrían llamar la atención, pero que si se disfrazan de peones, nadie reparara en ellos. Tendrán un día de descanso y después vendrá su fuga de Caracas, en dirección a Cúcuta. La escena se desvanece a negro y hay un fade-in y vemos a Maza y a Moreno, quienes están siendo ahora disfrazados de peones con la ayuda de doña Dolores y el ama de llaves.

Moreno parece perfectamente camuflado con su sombrero de paja, sus pantalones sencillos a media pierna y una camisa sin cuello, desabotonada; mostrando el pelo de su pecho. Al cinto le cuelga el consabido machete, y sus pies está cubiertos por unas alpargatas de cabuya.

El ama de llaves mira a Maza, quien luce el mismo vestuario y exclama:

“Nunca pensé que el hollín de la cocina me fuera a servir de algo, pero si no le tapamos esa piel tan blanca, lo cogerán al voltear la esquina”.

Maza se ha afeitado la espesa barba, y el ama de llaves, con paciencia, poco a poco, altera el color de su piel y de su pelo visible, para que su propio cuerpo no lo delate. Al terminar, Maza luce transformado.

“Te deseo mucha suerte, Hermógenes, sé que llegarás de nuevo a Santafé y que jugarás un papel muy importante por la causa revolucionaria. Piensa en mi marido cada vez que degüelles a algún chapetón”, le dice doña Dolores.

Maza le contesta: “No sólo pensaré en su marido sino que pensaré en usted. Algún día un libro de historia contará lo que aquí pasó y pondrán en esta casa una placa que diga: ‘Aquí no solamente le salvó doña Dolores Curvelo de Rochedal la vida al teniente coronel Maza sino que además se contaron chistes y se tomaron varias botellas de vino’”.

Se acerca a ella lentamente y la besa en la mejilla, dejándosela tiznada. El ama de llaves, presurosa le rehace el maquillaje a Maza y limpia la mejilla de su ama. El reloj marca las siete de la noche, hora en que regresan los peones de las haciendas y vemos a los dos hombres saliendo de la casa. A menos de dos cuadras de la misma ya se encuentran con un pelotón español que no repara en ellos. Su disfraz ha pasado la primera prueba de fuego. Los vemos caminando por las calles empedradas hasta salir de la ciudad y tomar una vereda por el bosque.

“Necesitamos llegar a San Cristóbal”, dice Maza.

“Son varios días de jornada”, le responde Moreno, “y tenemos que ampararnos en los árboles, todo el trayecto está vigilado por realistas”.

La cámara muestra el desplazamiento de los hombres, subiendo y bajando cerros, alejándose de los ranchos, vadeando ríos. Los vemos dormidos a la sombra de uno y otro árbol y reanudando su jornada al amanecer. Siguen caminando hasta que llega de nuevo la noche. Parece que hasta el momento, han tenido suerte.

“Creo que nos aproximamos al retén del paso de  San Cristóbal”, dice Moreno. “Reconozco el terreno, aquí hay más guardias que en ninguna otra parte”.

El terreno es quebrado y lleno de zanjas y la oscuridad de la noche parece ofrecerles un perfecto refugio. Están logrando su cometido, cuando de pronto escuchan una voz que grita:

“¡Alto!”

Los han sorprendido, no saben cómo. Maza y Moreno se abren a correr y pronto escuchan los primeros disparos.  Las balas rebotan muy lejos de sus cuerpos.

“Con esa puntería no le darían ni al cerro apuntándole a la vaca”, dice Maza, a quien vemos correr como un gamo por los cerros. Poco a poco, Moreno se va retrasando y se escuchan más disparos. Moreno ha caído herido en una pierna. Maza mira hacia atrás, pero ve que es imposible devolverse a recogerlo. Sigue corriendo y desaparece monte adentro.

La cámara desvanece la escena a negro y en el fade-in estamos en Caracas, en la misma cárcel de donde escaparan Maza y Moreno. Moreno está enfrentando un pelotón de fusilamiento y vemos como su cuerpo desgonzando y ensangrentado cae al piso.

El sargento Brito maldice: “Murió en vano, no quiso confesar quién los ayudó a escapar, pero por la ropa que usaron de disfraz supimos que la viuda del maldito Rochedal era la que les había facilitado la fuga. Eran las mismas ropas que usaban los trabajadores de las haciendas que le decomisamos. Mañana mismo será su fusilamiento”.


Epílogo

Del diario de campo del antropólogo Ricardo Reyes

Ya empieza a oscurecer, y aunque el tiempo en la selva parece no tener importancia, mañana a estas horas no sé dónde estaremos. El frío del arú ya se empieza a sentir y de no ser por Tupi y su gente, no sabríamos lo que nos estaba aguardando. Es irónico, pero nosotros que veníamos a estudiar a los indígenas, resultamos siendo estudiados por ellos y ahora tal vez nos salven la vida. Me gusta Tupi, tiene sentido del humor e ironía. Cuando hablé del “pájaro de metal” vi una sonrisa en su boca, pues él me demostró que sabía exactamente lo que era un avión, pero después dijo que para salir de aquí necesitaríamos otro “pájaro de metal”, jugando con mis palabras.

Creo que Consuelo ha estado disfrutando con la película de Maza, tal vez la narración de la misma nos haya ayudado a conservar la cordura. Quedará aterrada cuando lleguemos al final de la película. Espero que no me odie por ello. Ahora voy a apagar mi linterna y me meteré en mi saco de dormir para poder estar descansado para la jornada que se avecina, no sé por qué, pero siento que el final de esta etapa parece más bien como un principio. Mañana sabremos lo que nos espera.

F I N