NOVELA BREVE |
Todo por una tingua
Mario Lamo Jiménez
I Una especie endémica
(Solo se publica aquí el primer capítulo)
Cuando Rodrigo salió aquella tarde de su escuela, en verdad no esperaba que nada extraordinario ocurriera. Iba distraído, caminando, pateando cuanta piedrita encontraba por el camino y pensando en lo que había dicho el profesor de biología sobre la tarea que tenían que traer para mañana. Pasó por la cancha donde sus compañeros de clase ya estaban organizando un partido de fútbol y por primera vez cayó en cuenta de que la cancha era un tierrero y que cada vez que alguien pateaba el balón, se levantaba una nube de polvo que le cubría a uno el pelo y la ropa. Allí saludó al ”Mono” Castro, al “Pitufo” Moncada”, al “Pata’echivo” Romero, al “Sardino” Padilla y al “Flaco” Gómez, quienes formaban parte de su equipo de microfútbol, los “Verdolagas”. A todos les había puesto él apodo, se podía decir que era una costumbre familiar, sin embargo nadie le había encontrado a él un apodo que fuera con su personalidad. —¿Y es que hoy no juegas? —Le preguntó Gómez. —Mira, “Flaco”, que me reemplacé el Sardino en la delantera, voy a ver si puedo resolver el acertijo que nos puso de tarea el cucho Díaz. —Pues, averígualo bien para que podamos copiar tu respuesta —le contestó su amigo en tono burlón, mientras le daba un cabezazo a la pequeña pelota. Rodrigo escasamente lo escuchó, y siguió caminando pensativo. “Una especie animal nativa, endémica de la zona”, le resonaban las palabras en la cabeza y aquello le parecía un caso más apto para que lo resolviera un detective que para que él consiguiera la respuesta para el otro día a las once de la mañana, cuando tendrían de nuevo la clase de biología. Lo único que había visto alrededor de su casa eran perros, gatos, palomas y uno que otro caballo medio muerto, ¿cómo diablos iba averiguar en menos de un día si cerca de su casa habitaban especies nativas de animales? Tal vez su abuelo tuviera la respuesta, ya que él disfrutaba contándoles historias que a Rodrigo le parecía que habían tenido lugar hacía un siglo, sobre cosas que ya ni existían. Caminó por calles pavimentadas y sin pavimentar, miró las cuerdas de la luz para tratar de observar, sin éxito, si había algún pájaro posado en ellas, y finalmente atravesó un potrero que cruzaba cerca de lo que, según su abuelo, había sido hacía muchísimo tiempo una hermosa laguna. Caminó lo más rápido que pudo, pues ahora prácticamente estaba convertida en un basurero y aguas negras venían a desaguar en ella. El único animal que vio fue un chulo solitario que sobrevolaba en las alturas. Siguió, casi trotando, y en una esquina de lo que había sido la laguna se encontró con don Ramón, uno de sus vecinos y lo saludó tan rápido como pudo, tapándose después la nariz con el suéter, porque don Ramón estaba quemando una pila de basura. Una nube de humo se expandía por el potrero y parecía perseguirlo como un fantasma, por más que trataba de escaparse de ella. Cuando llegó a su casa, su mamá lo estaba esperando con las onces listas: una taza de chocolate y pandebonos recién hechos. Doña Rosa Mususú, viuda de Neuque, la mamá de Rodrigo, además de ser una excelente cocinera, era la modista del barrio y le cosía toda la ropa a Rodrigo. Por eso él siempre andaba siempre bien presentado y con la barriga llena. —¿Cómo te fue hoy en la escuela, hijo? —le preguntó doña Rosa mientras sacaba del horno y ponía en la mesa uno de esos pandebonos que le volvían a Rodrigo la boca agua. —No me fue tan mal —dijo Rodrigo, mientras le pegaba un mordisco al pandebono y trataba de contarle acerca de su clase de biología con la boca llena. —Un momento, jovencito, ¿cuántas veces te he dicho que con la boca llena no se habla? El niño siguió hablando sin escuchar lo que decía su mamá pues estaba tan emocionado pensando en su tarea que parecía que su cerebro le hubiera bajado el volumen a la voz de su madre. —El cucho Díaz quiere que de tarea le digamos una especie de animal endémica de esta zona. —¿Y qué es esa mala costumbre de llamar a la gente mayor “cucho”? ¡Mijo, hay que aprender a respetar a la gente de edad! La mamá se quedó mirando a Rodrigo, quien había acabado con el primer pandebono y con ojos contentos de mirada de estómago satisfecho, ya le pedía el otro. Lo sacó del horno y se lo puso en el plato, donde hasta las boronas habían desaparecido. —¿Cuál fue esa palabra que dijiste, endemícas? —Endemícas, no, mami, endémicas, con acento en la segunda e, no en la i. —¿Y qué micos es eso? —dijo la mamá riéndose de su propia ocurrencia. —Según el cucho…perdón, el profesor Díaz, una especie es endémica, ya sea una planta o un animal, cuando sólo se encuentra en una zona y nada más que allí. —Como por ejemplo…—dijo la mamá, sacando el último pandebono del horno. —Ahí sí me corchaste, mamacita —dijo Rodrigo, mientras devoraba su tercer pandebono— eso es lo que tengo qué averiguar para mañana y una vez que termine mi chocolate, voy a ver si el abuelo me puede ayudar a encontrar la respuesta. —Yo te tengo la respuesta, no le tienes qué preguntar al abuelo. Rodrigo se quedó mirándola, con la taza de chocolate a medio camino de la boca, ¿sabría en verdad su mamá la respuesta? —¿Cuál es el animal nativo de esta zona? —preguntó con los oídos bien atentos. —Pues nosotros, mijo, que fuimos nacidos y criados aquí y de aquí nunca hemos salido. Rodrigo hizo un puchero con la boca porque sabía que el maestro no aceptaría esa respuesta. —Tengo que encontrar algún animal de verdad, como los perros o los gatos o… —Está bien, —lo interrumpió doña Rosa— el abuelo estará contento de que te sientes a escuchar sus historias y él te podrá contar de todas las aves que había por aquí cuando éramos niños. Rodrigo tomó el último sorbo de la taza de chocolate y levantó la vista. Allí estaba, como siempre, contemplándolo el retrato de su padre, fallecido cuando él no tenía ni dos años. Su mamá solía decir que él había salido igualito a su padre: la nariz aguileña, el pelo azabache ensortijado y con unos ojos negros de mirada profunda, que como los de su padre en el retrato, parecían observarlo todo.
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